Darle sentido a una pandemia

Parte 1

“Se suspenden actividades a partir del jueves 19 de marzo hasta el lunes 20 de abril para evitar contagios por COVID-19. Dudas al número […]” se podía leer en una hoja amarilla chillante improvisada a modo de letrero pegada en la reja del Kali, y hoy, pasado un año sin regresar a la normalidad, ese letrero evoca personas, sonidos, rutinas… y provoca nostalgia en mi ser.

Al principio veíamos con incertidumbre y un poco de miedo el panorama. Un tanto incrédulos, le dábamos pocos meses de vida a la pandemia; conforme avanzaba el año me llegaban noticias de las señoras (nuestras señoras): algunas habían perdido el trabajo, otras empezaron a trabajar porque las condiciones de sus parejas ya no les permitían llevar los gastos diarios, muchas estaban al borde del colapso por tener a los niños en casa y, sumado a esto, algunas desafortunadamente se habían contagiado. Las llamadas con estas últimas empezaban con tristeza al escucharlas, pero por suerte terminaban en risas, chistes, optimismo, y siempre la frase: “Pues a ver cuándo ésta cosa nos deja vernos, cuídate mucho por favor”. En ocasiones nuestros niños tomaban el teléfono para contar cómo les iba con sus clases, lo que me causaba cierta efervescencia y hacía que mi lucecita interior prendiera nuevamente.

A mitad del año nos enteramos que volveríamos brevemente “a campo” a desarrollar algunas actividades para mitigar los efectos de la cuarentena. Se pusieron en marcha comedores comunitarios, talleres, capacitaciones y entregas, todo esto con las debidas medidas sanitarias. Costó trabajo al principio que las personas entendieran la importancia de respetar las medidas, usar el cubre bocas y la sana distancia, ya que “la enfermedad no existe”. También llegaron a presentarse conflictos por los apoyos dados: todos tenían necesidades, pero no había presupuesto que alcanzará. Nos dimos cuenta que algunos preferían priorizar a su vecino, aunque ellos estuvieran en una situación similar; otros, cerrados por el egoísmo iban a reclamar lo que les tocaba: “Pero si son del gobierno y dijeron que había para todos”, muchos reclamaban. En el comedor también se presentaron diferencias por la manera de cocinar el adobo, si las calabazas iban en cuadritos o en rodajas, o a quién le tocaba llevar a moler los chiles. En una ocasión por falta de cuidado un perro logró colarse y llevarse un pollo completo a medio descongelar, lo que desató reclamos, pero concluyó en bromas y compasión hacia el amigo. Aun así, la cordialidad y los lazos entre vecinos nunca se perdieron, ya que entre pláticas encontraban que todos compartían los mismos males del diario con los hijos, las parejas, el gasto y hasta los achaques.

A pesar de que esto aún no termina (y no se le ve un final próximo) puedo decir que el cambio en la rutina y el encierro han servido para reaprender el convivir, valorar y resignificar los abrazos, el contacto, las sonrisas, el trabajo y las personas a las que a pesar de no ser amigos o no haber convivido demasiado, ahora estimamos y podríamos considerar parte de una familia. Con el encierro también pudimos pensar detenidamente para dimensionar la magnitud de las problemáticas, tanto las resultantes por la pandemia y las ya existentes, no solo en nuestras colonias sino en el país y todo el trabajo que queda por hacer. Me gustaría concluir invitando a la introspección y a la reflexión de nuestras vidas, confiando en que la situación mejorará pronto y nos permitirá continuar con lo emprendido.

Parte 2

“Con 440 contagios y 38 decesos durante el fin de semana, Puebla cerró agosto con 29 mil 329 casos y 3 mil 709 muertos por covid-19”

Se hacía escuchar por toda la Van a las 8 de la mañana mientras que cada miembro de la brigada nos mirábamos con recelo e inquietud. Tal vez era el cansancio de más de un mes de trabajo que se ocultaba perfectamente en los barbijos de colores junto con marcas que provocaban o simplemente el miedo de un futuro incierto.

¡Zas! (la puerta de la Van se abría) ¡Es hora chicos, hemos llegado!

De repente toda la angustia se convertía en manos que ayudaban a descargar despensas, bultos de azúcar, arroz, frijoles, frutas, verduras y kilos y kilos de tortillas. Enseguida se podía ver a los lejos a Don Pablo corriendo junto con su esposa Elena para ayudar y cortar algunos quelites que crecieron en el huerto; debido a que Don Pablo había sido víctima de una de las tantas consecuencias de la contingencia sanitaria, mientras Doña Elena no podía seguir saliendo a vender al tianguis por miedo a ser contagiada. Así que su única ayuda era la comida que brindaba el KALI.

Y es que, si de comida del centro comunitario hablamos, Susana y Francisco se la llevaban de ganar. En definitiva, no era su sazón la que deleitaba cientos de pupilas para el comedor, era el amor y coraje que tenían para salir de esta crisis y apoyar a sus familias y a la comunidad. No solamente se ayudaron entre ellos, lograron que desconocidos fueran mi familia por más de 3 meses, a conocer la historia de cada uno de mis compañeros y que cada rostro cubierto que llegaba le diera sentido a esta pandemia. Me diera sentido de seguir.

 

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