Velada entre las tumbas

Cuando era un infante (así es, hace mucho tiempo), y casi casi como una tradición obligada y a la que no le tomaba la mayor importancia, mi familia (liderada por la abuela) me llevaba cada año a poner flores, rezar, cantar y velar al panteón ‘’del pueblo’’, sí, así le llamábamos: ‘’El pueblo’’ (ya después me enteraría que hay muchos pueblos en Puebla y que el nombre de éste es Nativitas, Cuautempan, en el municipio de Coyotepec en la Mixteca Poblana).

Yo, citadino, y un poco ajeno a este ritual anual, me la pasaba con los primos que solo veía dos o tres veces al año, y el mayor tiempo en un cartón que mi abuela o mis tías acomodaban sobre la tierra para que mi hermana y yo durmiéramos el resto de la noche. Mi familia por otro lado, limpiaba con esmero la tumba del abuelo, de la bisabuela, de la prima, de la tía, de la mamá, de la mamá, de la mamá, de la mamá… de toda la familia difunta valga la expresión.

La abuela y las hermanas de la abuela (Juana, Beatriz y Luisa), casi como una norma, se quedaban sentadas al lado de las tumbas de sus difuntos esposos, y solo se paraban para arreglar una cera o una flor caída, como si la devoción y el amor que tenían por sus muertos dependiera de ello.

La verdad es que nunca pude entender esta tradición del todo, me gustaba recordar a los que se fueron, pero en realidad nunca había perdido a alguien tan cercano. Me hubiera gustado quedarme a platicar esas noches con la abuela o con mis tíos, ¡seguramente tenían mucho que contar sobre los suyos que ya no están!

El escenario era muy similar en todas las tumbas: flores y velas alumbrando en el panteón, la familia de los difuntos sentados alrededor de ella, platicaban y tomaban café, atole, o alguna garnacha que vendían afuera del panteón, algunos otros traían mariachi y les cantaban a los suyos, otros venían con la banda de algún otro Pueblo, y ya un poco alcoholizados, cantaban a todo pulmón las canciones más tristes y alegres.

Nunca pude ver el amanecer en el panteón, siempre despertaba en la casa de los primos, o en la camioneta, o en otro pueblo para desayunar. Y así como llegaba me iba.

Hace tiempo pude entender algunas cosas, lo que antes era cierta decidía y un día de ‘’vacaciones’’, se convirtió en un acto de amor, e incluso comprender la identidad cultural de mi familia. Ver, cantar, rezar y compartir con los vivos y los muertos me ayudó a entender las diferentes e innatas maneras del ser humano en la concepción y comprensión de la muerte, más allá de una religión, una imposición, un sincretismo o una mezcla de tradiciones, el poder recordar a los que ya no están está presente en diferentes partes de México y del mundo, y en Nativitas Cuatempan, en el municipio de Coyotepec así se le celebra.

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