Abres los ojos y miras el mismo techo blanco. Tienes mucho sueño, anoche tampoco descansaste. Sientes un hormigueo en la cara y las manos entumidas. Ya llevas días sintiéndote así, pero esta vez es tan fuerte que no lo puedes ignorar. Piensas: ya no tengo ni un peso y creo que ahora sí ya valió madre. Llamas a Carlos y le dices que te preste, le dices: Carlos, préstame, te juro que te pago el otro mes, me siento bien mal. Carlos te manda a la chingada; ya te había dicho que dejaras de meterte mamadas, aparte ya ni andamos Ana, por fa ya déjame en paz. El hormigueo se hace más intenso. Miras la pequeña tapa metálica recubierta de piel sintética en tu antebrazo. La abres y te llega un olor a podrido. La cierras antes de ver porque ya sabes qué pasa. Sin poder levantarte empiezas a recordar.
Te hacían un hoyito en el brazo, ponían la cajita de metal adentro y luego de un par de días tu cuerpo no se volvía a enfermar nunca. A ti te lo pusieron a huevo cuando tu familia te anexó por cuarta vez y, a partir de ahí, cada que usabas los efectos eran tan insoportables que te daban ganas de morirte. Luego Dante te conectó con el Polilla. Fuiste a su taller, un cuartucho muy sucio y feo donde te abrió la tapita del brazo, movió algunas cosas dentro y luego dijo que ya quedó: se puede meter lo que quiera güera que no lo va a detectar. Solo Dante y Carlos sabían. Carlos quiso convencerte de que no lo hicieras, mandándote todos esos artículos sobre gente que había muerto o quedado cuadripléjica o esquizofrénica o en estado vegetal. Pero Dante sí te entiende porque es como tú. Estar viva es una carga con la que casi nunca puedes.
Carlos te marca. Tardas en contestar por el dolor de cabeza, pero cuando lo haces solo escuchas que ya quedó y que te vayas a la verga y a ver si ya te consigues un trabajo. No le has dicho gracias cuando su voz ya no suena, solo los ecos en tu cabeza. Vete a la verga y a ver si ya te consigues un trabajo. ¡No mames, Ana! Es que yo ya no puedo con esta pinche relación, neta estás bien de la verga. Te juro que esto te va a ayudar, ya no te va a gustar drogarte, vas a sentir tan feo que ya no te van a dar ganas, pero es por tu bien, ¿okay hija? Sabes que lo hacemos porque te amamos. Wey pues te digo que fui con este wey, le dicen el Polilla, y no sé qué le movió, pero ya no me hacen los efectos esos bien culeros, la neta cada quien tiene derecho a meterse lo que quiera, ¿no? Respiras. Tres segundos de silencio y luego siguen. El pecho se siente pesado y lento. Le marcas al Polilla, que lleva días sin contestarte, pero te contesta. Qué pedo, flaca, qué se le ofrece. Se rompió tu chingadera, Polilla. No mame, pues ya le dije cómo le tiene que hacer. A ver, pendejo, que se descompuso ahora sí. Chale, pues es que no se lo cuida. ¿Cómo que no me lo cuido? Si se supone que no tendría que haber pedo, aparte desde el tercer día andaba fallando, me inyecté una vez y ya andaba haciendo bien feo. Ora, pues tranquila, la verdad no sé qué decirle, la garantía solo era en las primeras tres semanas. Me habías dicho tres meses, wey. No, flaca, pero mire, si quiere venir la revisión le sale en tres mil y ya de ahí vemos en cuánto sale el arreglo. ¡No mames que tres mil! Ya sabes que no me alcanza ¿de dónde chingados voy a sacar! Pues no sé, reina, ese no es mi pedo, pero si quiere cáigale y vemos cómo nos arreglamos. Puto Polilla de mierda, chinga tu madre. Qué pasó güera… Le cuelgas. Te dije que esos weyes solo te están bajando dinero, al rato que haya un pedo ese wey se va a hacer bien pendejo. Pues a mí la neta me ha funcionado chido, a veces sí se me baja un chingo la presión y dos tres veces me han tenido que levantar los vecinos porque me quedo tirado en la calle, pero ps prefiero eso… ¡Cállense! Pero no se callan. El olor a podrido te llega hasta la nariz, aunque la tapa está cerrada. Unas gotitas doradas empiezan a salir por los bordes. Prefieres no tocarlas. Apenas si puedes levantarte para ir al baño. Llenas un tazón con agua. Lo llevas a la mesa y sumerges la cabeza. Cinco segundos de silencio, pero luego siguen. Vas al cuarto tropezando con tus propios pies y abres todos los cajones buscando tu stash. Ya se te olvidó dónde lo pusiste la última vez. Hija, mi princesa, es que ya lo debes dejar, mira cómo estás de flaca, mira esas ojerotas, no nos estás dejando opción. ¡No mames Ana! otra vez vienes hasta el culo, llevo marcándote toda la tarde, mírate la pinche cara, mira tus ojeras, yo ya no puedo vivir contigo así. No encuentras el stash. Avientas todo lo que alcanzas. Vacías los cajones. Nada. Buscas en el clóset, en los bolsillos de la ropa.
Tiras todo, pero nada. Hasta que vuelves a la mesa y ves que estaba justo ahí. Te cuesta sacar el polvo de la bolsita. Tratas de agarrar un poco con la uña, pero todo se cae al piso. Te agachas y lo inhalas, pero algo no está bien. La cabeza te quema. Sientes como si tu cabello estuviera en fuego. Ya volviste a hacer una pendejada, neta no sé qué hago contigo si solo me arrastras al hoyo. Te quema, te quema mucho. Qué bueno que ya te lo pusiste, princesa, te ves bien, vas a ver qué vas a estar más feliz. Te jalas el cabello. El fuego se siente dentro de tu cabeza. ¡Carajo, Ana! ¿Por qué me haces esto! Te arrancas el cabello. Es que a veces me da tanta lástima, con lo lista que eres. Quieres gritar, pero no lo logras. Te azotas contra el piso. Buscas el agua, pero no la encuentras, no puedes levantarte, solo te retuerces. Quieres pedir ayuda, pero dejaste el celular en la cama. Te arrastras hacia la mesa y te tiras el agua encima. El ardor no para y ya no soportas. Gritas y sientes cómo te desgarras. Luego silencio. Cinco segundos. Diez. Quince. No se escucha nada. La gravedad te mantiene fundida al piso. Te quedas quieta. Ya no se escucha nada. Echas dos lágrimas doradas y luego, puro silencio.
