Piñata

El álbum de fotos reposa sobre mi escritorio recorrido por algunas víboras de humo que brotan del cigarro en el cenicero al lado. En las fotos de mi infancia abunda la fiesta pues solo en esos momentos es que había alguien para fotografiarnos. Parado, con traje, algún familiar a mi lado y la ornamentada iglesia en mi espalda. Recorro las hojas despacio, fijándome en cada rostro, en cada pose, en cada detalle de la ropa o el escenario, también hay una donde estoy al lado de una piñata exactamente de mi tamaño y con el mismo disfraz que yo, una pequeña confusión pudo haberme dejado colgado de la soga recibiendo los golpes que más tarde destruirían ese pedazo de cartón y en lugar de dulces mis viseras yacerían adornando el piso de cemento con cada persona bañada en sangre y la familia peleándose por mis intestinos, aquella tía se llevó un pulmón, mi primo tiene un riñón y todos se pelean por el latiente corazón que aun desborda sanguinolentos chorros casi negros. Yo observo todo, desde algún rincón olvidado donde cayó directo desde la cuenca en mi cráneo un pequeño ojo brillante como canica.

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