Primera clase de danza

Primero llegaron ladrones y mercenarios, con fusiles y en caballos, y sin diálogo alguno, los arrasaron casi por completo. Pero sobrevivieron.

Luego llegaron evangelizadores y frailes, con sermones y cruces, dialogando sobre el alma con el resto que quedaba, pero los engañaron, y casi los arrasaron espiritualmente. Aunque otra vez, algunos lograron sobrevivir.

Después vinieron políticos y legistas, con sus constituciones y normas, a dialogar sobre la justicia con los poquitos que aún seguían, pero también mintieron, y casi los arrasaron soberanamente. De milagro sobrevivieron una vez más.

Al final llegó el filósofo en turno, con pinta de maestro y libros bajo el brazo, y venía a dialogar sobre el diálogo, pero ellos ya no quisieron dialogar, argumentando que todos los que habían venido de por donde él había llegado los habían engañado. Entonces le dijeron al sabio que por favor los dejara tranquilos, porque a partir de ahora habrían de prevenirse, y en su caso defenderse, de quien viniera con pretensiones de “dialogar” sobre hacer cambios a su forma de vida: esta vez lucharían por mantener su manera de existir. El sabio los condenó por su negativa a dialogar, y los llamó violentos e intransigentes, pero su condena ya no tuvo efecto en ellos, pues en su entendimiento, aquellas injurias no tenían sentido. Así que finalmente sobrevivieron, pero luchando por conservarse fieles a sí mismos.

Ya en la lucha, que se trataba de dar forma a su vida en común, se encontraron con que no eran los únicos. Otros pueblos diferentes, al igual que ellos, habían sido engañados; tanto por militares y religiosos, como por políticos y sabios. En su encuentro con estos otros pueblos dialogaron sobre sus experiencias, y de su diálogo surgieron tantas cosas lindas que entonces llegaron a un acuerdo todos: lucharían juntos para que ningún estafador pudiera interrumpir eso tan bello que en su penumbra compartida estaba naciendo como luz, e hicieron una fiesta donde todos se pusieron a bailar.

Un año más tarde, en conmemoración de su pacto, hicieron otro baile, y un año más tarde, volvieron a bailar. Y así todos los años, hasta que con el tiempo las danzas que nacieron de esas celebraciones se fueron perfeccionando, convirtiéndose en coreografías que casi todos conocían, y que se interpretaban en cualquier momento de felicidad: cumpleaños, bodas, aniversarios, levantamiento de cosechas, cualquier fiesta. Pero tal era la alegría de la gente de esos pueblos que esos movimientos llegaron a sintetizarse en sus gestos cotidianos, se volvieron a tal grado parte de ellos que incluso modificaron su manera de andar, y por su caminar “bailadito” se le podía reconocer a la gente de esa combativa región.

Desgraciadamente, casi siete décadas después del primer baile, en una noche de fiesta donde los pueblos se reunieron en una comunidad, un grupo encapuchado rodeo a los asistentes y en unos minutos asesinó a todos los que pudo, y casi nadie sobrevivió. Los pocos que quedaron vivos huyeron, o desaparecieron. Dicen que a los que encontraron los aventaron de aviones, que a otros los deshicieron en ácido, que algunos simplemente fueron asesinados de un tiro y enterrados en fosas comunes. En el caso de mi madre, una de las sobrevivientes, sólo la encerraron en una cárcel clandestina después de violarla varias veces hasta dejarla como trapo. Algunos le decían que no le había ido tan mal, que por lo menos no la habían matado. Tristemente, aunque no recuerdo que me lo dijera, yo creo que ella llegó a desear que lo hubieran hecho, porque en realidad lo que vivió por un tiempo fue eso de estar muerta en vida, que es peor, porque ahora sí habían arrasado a los suyos totalmente.

Sin embargo, después de unos meses nací yo. Cuentan que con eso todo cambió para ella, que hasta le volvió la sonrisa después de casi un año de sólo llorar. Tal fue su cambio que incluso sus carceleros empatizaron con la nueva madre, ayudándola en la crianza de la hija junto con las otras reclusas. Se puede decir que se encariñaron con ella. Ellos fueron los que me contaron que, desde antes de que pudiera dar mis primeros pasos, mi madre, sin otra cosa que hacer, encerrada, y casi como si fueran divinos, me enseñaba con rigurosidad unos bailes muy raros que a ellos les encantaban, porque emanaban felicidad. Y que así fue durante más de una década, pues cuando yo recién cumplí los trece mi madre se enfermó y terminó muriendo en su celda.

Cuando ella falleció, yo fui a parar a una institución de beneficencia estatal con ayuda de algunos de los custodios que se compadecieron y me llevaron. Ahí fui castigada muchas veces por estar siempre bailando los pasos que me habían enseñado durante años, sin consideración de que así era como yo había aprendido a moverme. Tanto me castigaron, y tanto especularon sobre “mis traumas heredados manifiestos en espasmos raros”, que en la institución meditaron la posibilidad de trasladarme a un hospital psiquiátrico con tal de beneficiarme. Por suerte un día una nueva directora, que de joven había sido maestra de literatura, me vio bailando e hizo todo lo posible para que fuera trasladada a una escuela de iniciación artística. Fue por los esfuerzos de ella que a mis quince años comencé a vivir en una casa juvenil con nuevos tutores mientras estudiaba danza. Después logré graduarme, y luego conseguí tener varias presentaciones y becas. Finalmente, pude irme al extranjero a estudiar otras técnicas al tiempo que fui perfeccionando la mía, logrando compartir escenarios con los mejores bailarines del mundo.

Ahora trato de manifestar en mi danza mis raíces, transmitir y enseñar el baile de mis antepasados en fusión y en consonancia con lo que he aprendido. Por eso al inicio de mis cursos presento este relato. Siento que la historia que acabo de contar resume y contiene en su núcleo la fuerza característica de la que se nutren los pasos que yo puedo enseñar. Y si se logra captar algo de ella, cualquiera que sea su forma de bailar de cada uno de ustedes, ya contendrá un poco de la esencia de mi danza. Ese contenido emocional que yo le encuentro a esta historia, mi historia, por más embrionario que sea, creo que es el primer paso para llegar a la noción de un ritmo en conjunto que nos permita enlazarnos atendiendo al sentido que nuestras vidas en su interacción irradian. Considero que asimilándola se puede empezar a entender bien lo que son verdaderamente las coreografías, ya que éstas, aprendidas y ejecutadas de manera feliz, hacen que nuestros movimientos revelen una práctica de libertad que no se agota, ni mucho menos nace en los escenarios o nuestras mentes, sino que emana de las rutinas mismas de nuestro ser. Esa misma práctica de libertad que se muestra desde nuestro movimiento originario, pues ya de por sí el caminar humano es la danza primera, y hacerlo erguido de manera repetitiva, siempre con la frente en alto, fue quizá nuestra primera clase de danza.

Bienvenidos, pues, a su curso.

Alekos Camilo Alvarado Veloz es Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, campus Iztapalapa; actualmente estudiante de maestría en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Sus investigaciones las realiza dentro de los ámbitos de la antropología filosófica contemporánea y la filosofía de la guerra.

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