La pérdida de las cosas en el mundo contemporáneo

La pérdida de las cosas en el mundo contemporáneo. Una reflexión desde el pensamiento de Byung-Chul Han

Como cazadores de información, nos

volvemos ciegos para las cosas silenciosas,

discretas, incluidas las habituales, las

menudas o las comunes,que nos estimulan,

pero nos anclan en el ser.

Byung-Chul Han (2021, p. 11)

I

Desde hace aproximadamente una década el pensador surcoreano/alemán Byung-Chul Han se ha posicionado notablemente dentro del panorama filosófico contemporáneo. Sus ya numerosos libros han suscitado un importante interés y debate, tanto así que incluso se ha publicado un texto completo acerca de por qué no debería ser leído. Esto nos deja al menos la impresión de que se trata de un autor del que, ya sea para bien o para mal, merece la pena ser leído y comentado. Algo interesante debe estar diciendo si genera, al parecer, tanto revuelo y recelo en el gremio académico.

Sus textos son de una fácil y amable lectura, y en todos ellos encontramos una denuncia para con el modo en que se vive en el mundo contemporáneo. A lo largo de sus libros, Han nos habla de una sociedad cansada (en ocasiones al borde del suicidio, pero en la que se sigue trabajando en miras del rendimiento y la autorrealización bajo el lema: Yes, we can) en la que cada hombre se expone a sí mismo libre y transparentemente dentro de ese enjambre cibernético que, tal cual panóptico digital, vigila cada movimiento, cada like, cada reacción, cada retweet, cada DM, cada búsqueda en el navegador, cada video, cada canción escuchada. Se trata de una sociedad en la que la aceleración no depara en ningún lado, donde la aceleración no es ya rapidez, sino atomización. Para Han, el hombre anda disperso por el mundo sin ningún arraigo que dé sentido, que dé tiempo, contemplación, un descanso, que permita la escucha, que dé ritual y que permita, en pocas palabras, un encuentro con eso otro que parece que se ha perdido.

Nos encontramos, así, con un pensador de la pérdida. Y esta es, en mi lectura, quizá la tesis más importante del filósofo surcoreano/alemán. La sociedad contemporánea vive rodeada de la pérdida de lo otro. Eso otro que en el pensamiento de Han adquiere en cada uno de sus ensayos una máscara distinta:

Los tiempos en los que existía el otro se han ido. El otro como misterio, el otro como seducción, el otro como eros, el otro como deseo, el otro como infierno, el otro como dolor va desapareciendo. Hoy, la negatividad del otro deja paso a la positividad de lo igual. (2017, p. 9)

El mundo en el que se vive es un mundo implosionado, todo es igual y todo está al alcance con un clic. Una aglomeración del mundo en la que no hay cabida para lo otro. Pareciese, y para decirlo en otros términos, que la sociedad contemporánea se muestra como un mundo sin cosas. Pero, ¿en qué sentido se afirma esto? ¿qué se quiere indicar con el hecho de que la sociedad de hoy en día experimente una pérdida de las cosas? Aproximarnos a la respuesta de tales preguntas es el propósito del presente escrito.

II

En este punto, Byung-Chul Han es sin duda un fiel seguidor del filósofo alemán Martin Heidegger, pues la denuncia de la creciente tecnificación del mundo por parte de este último es actualizada en el pensamiento de Han. La pérdida de lo otro y, como mencionamos, de las cosas es llevada hoy día mucho más lejos de lo que quizá pudo imaginar el filósofo de Meßkirch. Él se mostraba ya preocupado y anunciaba lo terrible en el hecho de que el mundo se viera compactado y se aniquilaran todas las distancias entre los hombres y las cosas.

 

En la conferencia titulada precisamente “La cosa”, dictada en los años 50, Heidegger así lo señala: 

Todas las distancias, en el tiempo y en el espacio, se encogen. A aquellos lugares para llegar a los cuales se pasaba semanas o meses viajando se llega ahora en avión en una noche. Aquello de lo que el hombre antes no se enteraba más que pasados unos años, o no se enteraba nunca, lo sabe ahora por la radio, todas las horas, en un abrir y cerrar de ojos. El germinar y el crecimiento de las plantas, algo que permanecía oculto a lo largo de las estaciones, lo muestra ahora el cine a todo el mundo en un minuto (…). La cima de esta supresión de toda posibilidad de lejanía la alcanza la televisión, que pronto recorrerá y dominará el ensamble entero y el trasiego de las comunicaciones. (1994, p. 121)

Y qué podríamos decir en nuestros días sino que esto terrible es aún más terrible, desde luego. Ya no estamos bajo el dominio de la televisión. Este “artefacto” queda más bien como algo anticuado, no genera ningún asombro para nosotros, y mucho menos para las nuevas generaciones. El dominio lo tienen ahora, por ejemplo, las múltiples plataformas de videollamadas, las cuales, sobre todo durante los años pandémicos de Home Office y de clases en línea, suprimieron toda distancia y mantuvieron al mundo entero interconectado. Nuestras relaciones personales (ya fueran de amistad, familiares, amorosas, escolares o laborales) estuvieron mediadas por una distancia mínima, la que hay entre los ojos y la pantalla, generando de este modo un frenesí incesante de disponibilidad para con el otro. Además, las aplicaciones Delivery (como Rappi, Uber Eats, Didi Food, Jüsto y demás) así como de Shopping (Mercado Libre, Amazon, Aliexpress, Shopee) posibilitaron que todas y cada una de nuestras necesidades cotidianas fuesen satisfechas sin importar, las más de la veces, lugar, fecha u hora, bastando para ello un par de simples pasos y desliz de dedos.

¿Qué nos ha traído todo esto? Para Han, y como leemos en uno de sus más recientes ensayos titulado No-cosas (2021), lo que se muestra en el modo de vida contemporáneo es que “Ya no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube. El mundo se torna cada vez más intangible, nublado y espectral. Nada es sólido y tangible” (p. 13). Es decir, ya no nos ocupamos ni tratamos con cosas, sino con no-cosas. Lo que anteriormente se oponía a nosotros, con toda su resistencia, firmeza y estabilidad, deviene en su puro “aspecto” y “apariencia”, como un sucedáneo descolorido y sin sabor. Pues “La información, es decir, las no-cosas, se coloca delante de las cosas y las hace palidecer” (p.10). Se trata entonces de un reino fantasmal, gobernado por los datos y la información, de lo que siempre está disponible en su no-estar material y según su propio modo de ser. Y, precisamente, por tal omnipresencia de las no-cosas es que pueden ser traídas hacia nosotros en cualquier momento.

En este sentido, el mundo cobra la forma de un gran depósito o almacén de no-cosas, todas tan accesibles que, en ocasiones, resulta difícil elegir de entre todo lo que nos ofrece este mundo-almacén que, él mismo, no es tangible, sino también virtual. Por esto el pensador surcoreano escribe que “La digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo” (p. 10). El hogar que hoy día habitamos carece de suelo sobre el cual poder caminar y dirigir nuestra existencia según nuestros intereses y preocupaciones. El suelo es más bien una arena movediza de información que, al segundo, queda ya desactualizada, es ya algo pasado de moda. Por eso el suelo no es firme, sino inestable, todo lo que se encuentra en él tiene que ser remplazado al momento. La obsolescencia programada es un claro ejemplo. Nada es de fiar. Todo es fugaz y reemplazable. “Las cosas estabilizan la vida humana (…). Las cosas son polos de reposo de la vida” (pp. 13-14), por lo que si quedan subsumidas por la pura información, como no-cosas, la vida misma termina siendo desestabilizada por completo.

Es imposible sujetarse de las no-cosas, “no es posible detenerse en la información. Tienen un intervalo de actualidad muy reducido” (p. 14). De suerte que el trajín de la vida tiene que perderse en el éter de la información, en donde no existe apoyo alguno y nuestra relación con el tiempo termina trastocada o, mejor dicho, desincronizada. Cada vez es más arduo el intento por prestar atención a algo, lo que sea, más allá de los pocos segundos de duración de un vídeo en TikTok. Las cosas expresan tiempo y, sobre todo, duración, lo demandan. Las cosas se dan según su propio tiempo, por lo que tienen un determinado ritmo. En cambio, el des-tiempo es la característica de las no-cosas. Lo que importa en ellas no es la duración y la contemplación de estas, sino la instantaneidad y, por ello, su fácil consumo. ¿Cuánto tiempo hemos ya perdido sin ver “nada” en TikTok o en cualquier otra red social? El tiempo pasa volando en el mundo de las no-cosas. Por esto, la información “Vive del estímulo que es la sorpresa. Ya por su fugacidad, desestabiliza la vida. Reclama hoy permanentemente de nuestra atención” (p. 14). Pero al hacerlo tanto nuestra vida como nuestro tiempo son a la vez desestabilizados. Hay una pérdida de referencia y de sincronía, respectivamente.

En otro de los ensayos filosóficos de Han, titulado El aroma del tiempo (2015), leemos con claridad sobre esta consecuencia de la pérdida de las cosas en lo que refiere a nuestra relación temporal:

La crisis de hoy remite a la disincronía (…). El tiempo carece de un ritmo ordenador. De ahí que pierda el compás. La disincronía hace que el tiempo, por así decirlo, dé tumbos (…). La responsable principal de la disincronía es la atomización del tiempo Y también a este se debe la sensación de que el tiempo pasa mucho más rápido que antes. La dispersión temporal no permite experimentar ningún tipo de duración. No hay nada que rija el tiempo. La vida no se enmarca en una estructura ordenada ni se guía por unas coordenadas que generen una duración. Uno también se identifica con la fugacidad y lo efímero. De este modo, uno mismo se convierte en algo radicalmente pasajero. La atomización de la vida supone una atomización de la identidad. (p. 9)

De este modo, el mundo contemporáneo, el nuestro, el de las no-cosas, el de la mera información, tiene no sólo repercusiones para con la vida y nuestro tiempo, sino incluso para nuestra propia constitución y formación personal, sobre nuestra identidad. “Ya nos hemos vuelto todos infómanos. El fetichismo de las cosas se ha acabado. Nos volvemos fetichistas de la información y de los datos” (2021, p. 14). 

Así pues, y para dejar hasta aquí el apartado, lo que somos, el sí mismo, eso que creemos y queremos ser según nuestros propios estándares y metas personales, ha devenido, al igual que las cosas, en información, en lo que dice nuestra pobre y acotadísima descripción en Facebook, Instagram o Twitter. Por lo que, escribe Han, “El ser humano ya no es un Dasein, sino un inforg que se comunica e intercambia información” (p. 16). La pérdida de las cosas en el mundo contemporáneo no se agota en éstas, sino que, como vemos, se trata de un fenómeno que ha terminado por tragarse e involucrar al hombre por completo. La pérdida de las cosas es, al mismo tiempo, la pérdida del hombre en tanto que habitante de un mundo tangible y firme sobre el cual encaminar su existencia. Esto es lo “terrible” de lo que nos hablaba Heidegger, a saber: “Lo terrible es aquello que saca a todo lo que es de su esencia primitiva” (1994, p. 158).

III

No obstante, lo que nos muestra Han no quiere incitar una suerte de derrotismo o de futilidad para con nuestro mundo contemporáneo. Es un diagnóstico, y como tal, ahora es tarea pensar en el tratamiento, en la cura. ¿Hay una escapatoria en vista de la innegable pérdida de las cosas? Por supuesto que no es opción el desprecio para con las no-cosas, pues son parte de nuestro vivir cotidiano y de nuestro modo de existencia en este mundo tecnificado y virtual. Prescindir de ellas se presenta como una tarea casi imposible. Entonces, lo que queda es, como en todo, saber y aprender a convivir con el reino fantasmal de las no-cosas, con la información y los datos. De suerte que estén bajo nuestra disposición, pero no a la inversa, es decir, que seamos nosotros los que tengamos que estar siempre disponibles para su uso, en todo momento en línea para continuar y preservar su dominio.

Para ello, lo que propone Han es un regreso a la vida contemplativa. En un mundo implosionado y atomizado temporalmente, en donde todo marcha sin dirección y soporte, pues no hay cosas con duración y sincronía de las que aferrarnos, la posibilidad de conclusión, pausa y descanso se vuelve necesaria y fundamental en nuestros días. “Si se expulsa de la vida cualquier elemento apacible, esta acaba en una hiperactividad letal. La persona se ahora en un quehacer particular” (2015, p. 163). Así, para ponerle freno al torbellino virtual de nuestra vida, aunque sea por un momento, pero no con el fin de eliminarlo y destruirlo, sino para pensarlo y aprender a convivir con él, hay primero que cerrar los ojos y ponerlo así en Stand by. «Por favor, cierra los ojos» —exige Han en un cortísimo ensayo del mismo nombre (2016)—, pues “Para poder pensar y concluir, hay que poder cerrar los ojos y contemplar” (p. 14). Y una vez hecho esto, el mundo de las no-cosas seguirá allí, en efecto, pero se habrá ganado un pequeño espacio de respiro y de calma, en donde la vida contemplativa pueda entonces llevarse a cabo.

En suma, y para terminar, me permito recuperar las siguientes palabras de Byung-Chul Han: “Es necesaria una revitalización de la vida contemplativa, puesto que abre el espacio de respiración (Atemräume) (…). Quien se queda sin aliento no tiene espíritu” (2015, p. 157).

Referencias

Han, B. C. (2015). El Aroma del Tiempo: Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Herder.

_____. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy. Penguin Random House Grupo Editorial.

_____. 2016). Por favor, cierra los ojos. A la búsqueda de otro tiempo diferente. Herder. 

_____. (2017). La expulsión de lo distinto. Herder. 

Heidegger, M. (1994). Conferencias y artículos. Ediciones del Serbal.

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