Kairós o el momento oportuno

Siempre me ha parecido, aun cuando estuve lejos, que los atardeceres de mi ciudad son únicos e absolutamente irrepetibles. Más para mirarlos hay que encontrar el Kairós griego, ese momento oportuno que solo acontece una vez.  A mi juicio esto es un poco así: uno toma un camión de cualquier ruta que lleve cerca del malecón a eso de las seis y media de la tarde y camina todo el trayecto dejando que el viento lo despeine hasta llegar a divisar la laguna, y aquí uno debe sentarse y observar hasta que se sucede el Kairós griego o momento oportuno, y entonces que el sol dé paso a nubes rojas inflamadas como enormes globos a punto de reventar, en ese momento se pueden cerrar los ojos, da igual, puesto que es casi seguro de que se observe dentro de sí la misma imagen que se presencia.

 

A propósito, la cuestión del término griego arriba mencionado lo aprendí el semestre pasado en la clase de ética, ahora, en el primer curso de filosofía estoy aprendiendo otras cosas igualmente interesantes, aunque constantemente escucho a los mayores decir que estas no son cosas importantes para la vida. Justo en este momento estoy sentado en la parte de atrás del camión de la ruta 16 que me dejará en la entrada de Plaza las Américas, cruzaré la avenida y caminaré hasta el malecón. Ah, creo que es preciso decirlo, el malecón de mi ciudad no es como los que he visto en otros lugares a los que he ido con mi padre, pues es él quien me ha llevado a algunos de sus viajes; no es como el malecón de La Habana, no, ni como el de Veracruz, ni como el de Santo Domingo, no. 

 

Cualquiera pensaría que la diferencia estriba en el hecho de que los malecones que he mencionado tienen vista al mar y el de mi ciudad a una laguna, no obstante, esto no es del todo cierto a mi parecer. Tomando en cuenta que cada ciudad, como he podido comprobarlo, posee su propio ritmo y esencia, así también los malecones comparten características con las ciudades y hasta el mar se comporta de manera distinta, pues no tengo la misma sensación cuando estoy frente al malecón de mi ciudad que a la que tuve en La Habana hace dos años, caminando con mi padre, mientras aquel sol insular y salvaje provocaba un halo de extraña magia mezclado con el vapor del suelo caliente y el humo y el olor de los gruesos puros que los señores fumaban mientras caminaban por ahí. 

 

Estoy ahora cerca del malecón Tajamar cuyo nombre es olvidado por todos, pues hace tiempo que la vegetación ha crecido y la gente habla de que se ha vuelto también un lugar peligroso. Mi padre , por ello, no está de acuerdo en que lo frecuente, yo intento obedecerlo en todo, pero trato igualmente de hacerle entender que este es mi lugar. Aquí vengo por lo menos tres veces a la semana, repaso cosas de filosofía o cualquier otra materia o traigo algunos de los libros que he ido leyendo. Pensé en Robinson Crusoe cuando vi la isla a lo lejos y en Dagón y Cthulhu cuando escuché a alguien decir que se había visto un animal extraño sumergirse en la laguna.  

 

Me gusta este lugar, realmente me gusta, aunque a veces pienso que no amamos los sitios a los que vamos sino lo que estos nos hacen sentir, hay una reminiscencia, como decía Platón, de algo que ya conoce el alma. Es por este tipo de cosas, por las que siento y experimento, por las que me sentí atraído a los libros y a la filosofía. El X-box que tuve de regalo en mi cumpleaños pasado, cuando cumplí quince, ahora lo he guardado, ya no me siento tan atraído a los mundos de Kameo o a las peleas de Mortal Kombat, cuando me pregunto por el motivo le doy mil vueltas al asunto. Fue hace unos cuantos meses cuando una amiga dijo que sería buena idea venir a repasar álgebra a este lugar y comprar algo en el Starbucks, así lo hicimos. 

 

Lo cierto es que cuando vi el espectáculo de mis rojizas amigas nubes y sentí lo que sentí al respecto no pude avanzar con álgebra, días después regresé yo solo, y entonces empecé a reflexionar sobre qué es “eso” que sentí aquí cuando observé la laguna, el cielo y aquel punto intermedio en el que parecen unirse. Ahora ya estoy aquí, soy como el que compra un ticket para el cine y está ansioso de que comience la función, esto me recuerda a aquel día en que mis padres me llevaron al circo, ¿cuántos años tenía?, ¿seis, quizá? Yo estaba muy alegre y deseoso de ver a los animales, ahora que cierro los ojos puedo incluso sentir el olor a animales y aserrín pues siento hincharse las aletas de mi nariz. 

 

Estamos en otoño, el aire, ya no tan cálido, me está golpeando suavemente el rostro, el atardecer está ahí, frente y encima de mí, mi cuerpo se siente como si fuera bañado por aquella luz parda, como si pudiera entrar en esa luz, y esta sensación me recorre de punta a punta, inhalo y exhalo y me siento como en un sueño, hoy no hay casi nadie, salvo una pareja con una bebé en una carriola y un hermoso perro. He traído conmigo los Viajes de Marco Polo. En este momento se está sucediendo el momento oportuno, estoy muy relajado, siento el cuerpo muy suave, no querría casi moverme, pero lo haré para tomar el libro y viajar junto con Marco, aunque yo siento, dentro de mí, que estoy viajando también por mi cuenta, puede que sea efecto de que todo constantemente se mueve y cambia sin cesar, como explicó la profesora cuando habló de Heráclito. 

 

Me cuesta creer que tan poca gente venga aquí, aunque no sé si me gustaría tanto si estuviera abarrotado de gente y vendedores como en las playas. Quizás no. Me encuentro sentado sobre una piedra con el libro abierto, mientras el sol está bajando, yo también desciendo con el sol.

Laura Viridiana Angulo Ruíz es licenciada en filosofía por la Universidad Veracruzana, estudiante de la Maestría en Filosofía de la BUAP.

Originaria de Cancún, ha escrito 2 plaquettes de poesía y el libro de cuentos Carreteras olvidadas, ha colaborado con algunas revistas y distintos proyectos, de entre los que destacan Contramarea: breve antología de poesía joven de Quintana Roo y Sargazo: antología literaria de jóvenes quintanarroenses. Los temas de su interés son los vínculos entre el pensamiento filosófico y la literatura.

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