No pude dejar de pensar en cuál será el secreto de tan enigmático platillo, si es que sólo hay un secreto o son varios los que lo acompañan. Pocos negarán que es delicioso y en palabras de mi abuela “para ser una buena poblana debes saber hacer mole y no hay forma de que haya un mole sin un buen arroz”. Estas palabras en su momento fueron un atentado contra mi identidad, específicamente contra mi poblanidad, supongo que tuvo más impacto porque me encontraba en la flor de mi infancia, desde ahí me empezaron a atacar pensamientos sobre las cosas que escuchaba: que si dos de agua por una de arroz, que si son dos y media, que el secreto está en el fuego, en la olla, en el tipo de arroz, en todo.
Esta incertidumbre me llevó siempre a preguntar cómo se elabora tan afamado platillo cada vez que me encontraba frente a la realizadora, básicamente siempre me instruían y daban los pasos, lo que me conducía a más dilema ya que siempre era una versión diferente del mismo platillo, supongo pues que es siempre pasa con la comida, cada quien le mete una parte de su alma, algo a lo que le llamamos sazón. Solamente una vez una persona me indicó que era mi deber personal descubrirlo al puro estilo de la prueba y error, sentí como si se me hubiera confiado una misión y si decidía aceptarla tendría que descubrir la manera de preparar arroz.
Arroz, dos sílabas, cinco letras, dos vocales y tanta historia en mi vida. Parece irrisorio como me dejo golpear por estos granitos de medio centímetro y alargados. Me pregunto si alguien más ha tenido este embrollo y este sentir en sí, el problema es el arroz o soy yo que lo tomo como algo tormentoso. Lo cierto es que después de una serie de investigaciones y entrevistas con muchas cocineras dejé esto de lado y decidí que ya no me importaría, dado que a pesar de todas las instrucciones jamás conseguí la proeza, ya sabes, quedaba batido o quemado o aguado o terrible en general; ahora que pienso en mis catadoras agradezco la paciencia y el apetito que nunca perdieron.
Así que mi vida siguió su curso normal, dejé de pensarlo y me dediqué solamente a disfrutarlo, pero lo bueno suele terminar y un día hace no mucho estaba parada frente a una báscula que estaba pensando exactamente tres kilos de arroz aguardando por mí para ser preparados, una de esas encomiendas laborales de las que no sabes cómo aceptaste, pero lo hiciste. Ahí me encontraba, estupefacta al verlos blancos alargaditos y pequeños, todos juntos como una manada y ellos, los granos de arroz, también me veían suplicantes de que no los fuera a hacer un batidillo o quemarlos mientras que por mi cabeza se paseaba muy campante la vocecita de mi abuela diciendo una y otra vez “los dedos saben, los dedos saben” haciendo alusión a la cantidad de sal que debía usar. Completamente ensimismada hasta que mi mentora llegó a modo de un ángel a darme instrucciones: ve por esto, trae aquello, que repose, quítale, ponle, ¡no tanto! Me sentía como en el campo de batalla, y no es la primera vez que en la cocina me siento así, cual soldado raso siguiendo el mando de su superior. Fue un gran día, era como un instrumento más de la cocina y si te lo preguntas sí, el arroz quedó maravilloso. El verdadero problema vendría al día siguiente pues la batalla la tendría que rendir sola.
A la mañana siguiente otra vez me encontraba frente a la báscula con tres kilos de arroz expectante y esta vez no había ninguna vocecita en mí, no había nada más que un gran espacio vacío. Y empecé a actuar en automático, poner, quitar, colar, meneo meneo pero no tanto ni tan poquito, las frases que me decían empezaban a cobrar sentido, lo dedos no sabían aún pero iban aprendiendo, se iba ganando ese carácter intuitivo, iba descubriendo mi propio camino arrocero. Al cabo de tres horas ahí estábamos, el arroz falto de sal y yo pensando si con esto me he vuelto una buena poblana, riéndome por dentro recordando tantos consejos y tips, preguntándome si realmente había un cambio en mí y si no era una mujer muy dramática.
Tengo unas consideraciones finales, la elaboración de arroz y la comida en general tienen un gran peso social y esto asusta, me asusta. La guía de otras personas siempre cae bien, me han dejado parte de su sazón en mí. El arroz sigue asustando, supongo que lo puedo transpolar a la vida misma, asusta, a veces se quema, a veces sale aguada, a veces rindes la pelea sola, muchas otras no y gracias a estas guías, de a poco con iré encontrado el camino y al final podré decir que en efecto los dedos saben.
