Estudiantes y empatía ante el COVID-19: Reflexión

La pandemia de COVID 19 cambió nuestra forma de vivir y comprender cada uno de los temas en nuestra cotidianidad; salir a la calle se convirtió en una lucha de preguntas y para muchas personas se volvió un riesgo muy necesario. Encerrarnos en casa provocó un cambio repentino y brusco para miles de estudiantes, maestros, padres de familia y trabajadores. Desde el preescolar hasta la universidad, la educación presencial se movió a una educación a distancia recibida en las casas a través de dispositivos electrónicos y los medios digitales. Para los seres humanos enfrentar lo desconocido siempre es un gran reto, el aprender a convivir con lo nuevo, el capacitarte para mejorar en tus habilidades y el aceptar que las condiciones nos sujetan a una forma de convivencia conforman un proceso largo que apenas estamos entendiendo como sociedad.

Encerrar y apartar a una persona en un espacio delimitado como su casa o su cuarto trae repercusiones difíciles de abordar, desde los problemas de salud mental hasta los lugares hostiles o peligrosos en los que viven los jóvenes y adultos que estudian en medio de la pandemia. No es un engaño que por el celular o computadora no se siente, no se huele, no se vive ni se convive con los compañeros y compañeras, esto afecta nuestras relaciones personales y emocionales, nuestro estado de ánimo y nuestro rendimiento académico/profesional.  Pasarnos a las aulas virtuales en la educación ha expuesto las desigualdades y problemas con diferentes causas a las que se enfrentan los estudiantes, mismas que afectan la vida emocional, laboral, académica, familiar y social.

Mover al internet o a la televisión la interacción de personas también limita el conocimiento colectivo, nos enseña las inseguridades personales y muestra las actitudes negativas de todos los participantes en esta educación, es de conocimiento público que durante la pandemia la violencia, el machismo, la humillación, el despotismo y la indiferencia han sido visitantes frecuentes en cada uno de los lugares donde la educación está presente. Es importante resaltar que el porcentaje de jóvenes y adultos que dejaron la escuela creció considerablemente, esto también ha sido uno de los resultados negativos de esta pandemia, cuyas razones son muchas, desde las condiciones de salud familiar hasta la falta de tecnología para educarse, pero esta desigualdad grita por soluciones humanas, que por lo menos aligeren la carga emocional y aporten alternativas e ideas para que la mayoría tengamos las condiciones para continuar nuestra educación.  Reconocimos que educar y educarse en tiempos de pandemia es un privilegio, es un esfuerzo, un mérito y una lucha difícil de sobrellevar. Aunque para algunos esto sea ajeno, es necesario pensar profundamente y reconocer que nuestra educación depende de factores ligados con nuestro desarrollo humano y nuestra vida social, por lo que hay que empezar a preguntarnos: ¿para qué nos educamos?, ¿qué sentido tiene aprender?, ¿educarse es algo individual o involucra a todos y todas? Ayudados de reflexiones como estas, constantes y muy críticas, podremos descubrir alternativas y construir una nueva forma de convivir con la educación, podremos empezar encontrar una nueva mirada donde la educación se vea como un tema para todos y todas, algo de todos y todas, donde es necesario apoyarse entre compañeros, conocidos y desconocidos, es urgente mirar quién está al lado nuestro y cómo puedo colaborar con él o ella para aprender, aprender a transformar, aprender a sentir y aprender a construir.

La empatía permite leer a las personas y entender cómo se sienten con las situaciones que día con día atienden, y aunque no es una habilidad que sea fácil de practicar, el por lo menos intentar ponerse un momento en la figura de alguien más puede empezar a cambiar actitudes poco favorables, las cuales muchas veces ignoran los valores positivos que cada uno tiene para ofrecer, gracias a que se han alimentado por años de los valores negativos que se han enseñado como una única y poderosa forma de convivencia y resolución de problemas. Las personas empáticas que tienen la capacidad de ver más allá de los rostros son importantes para construir comunidades amables. El poder crear un ambiente sano es una tarea de responsabilidad y amor, actuar desde lo más cercano a ti es el primer paso para cambiar cómo entendemos la educación, la convivencia, el progreso, la escuela, etc.  La actitud de empatía es esencial para juntar a compañeros y compañeras en una comunidad, un grupo o una institución, impulsar la motivación de los estudiantes y ayudar a mejorar las habilidades sociales y académicas de cada uno de nosotros; pero ¿cómo se puede ser empático en una estructura que en pandemia elimina a aquellos que no tienen las condiciones para educarse?, ¿cómo podemos aprender sí nos enseñan a dividir y competir por reconocimientos?, ¿cuál es nuestro papel como estudiantes en la sociedad del futuro?

Tenemos que empezar a hablar sobre relaciones más cercanas donde sin importar ideas, pasados, forma de vestir o pensar se pueda colaborar y compartir mucho de lo que sabemos, ya que en ellas podemos encontrar las piezas necesarias en el rompecabezas de la construcción de comunidades más empáticas; en mundo lleno de competencia tóxica, lleno de incertidumbres y diversidad de pensamientos, podemos empezar a tomar la horizontalidad y ayudar a que todos y todas podamos colaborar sin necesidad de  buscar siempre  el beneficio propio egoísta, las acciones más sencillas sin esperar nada a cambio son las acciones que cambian realidades individuales y colectivas, esas acciones que llenan el corazón de sentimientos y de satisfacción son pieza principal en la forma en la que nos educamos, y con esto no sólo pensar en la educación formal de la escuela, también hay que recordar que educarse está en la calle, en la familia, en el trabajo, educarse para formar personas que sigan con esperanza buscando algo más allá de su realidad, algo por lo que luchar, algo que nos haga salir de los círculos viciosos tan presentes hoy en nuestro país.

Como estudiantes, tendremos que repensar el sentido de compartir conocimientos y experiencias, entendiendo que debemos hacerlo con compromiso, ya que cada día se hace más y más difícil colaborar, es urgente formar empatía que se pueda reflejar en el mundo, relacionarse a través de acciones que nos enseñen a entender al otro, y no solo utilizarla como ese concepto difícil que nos obligan a buscar en un diccionario, pero que nunca nos enseñan a compartirlo ni a llevarlo a la práctica.

Creo que podemos empezar a tomar conciencia y aceptar, en la medida de lo posible, que no es sostenible relacionarnos como competencia o como vehículo para la satisfacción de yo siempre yo, somos cambio, somos estudiantes, somos compañeros y debemos vivir con esperanza en nuestro futuro, para que las palabras se escriban y se compartan, para que los proyectos transformen, para desarrollarse y permanecer; cada uno de nosotros podemos compartir con la empatía algo de amor a las personas que nos rodean, podremos compartir y resolver las dificultades de la vida, y lograremos, de una u otra forma, reconocer que la pandemia cambió la forma vivir en este mundo, y con ello nuestra forma de entender y practicar la educación.

Los tiempos nos obligan a dejar la indiferencia y la individualidad nociva del lado, ya no es sostenible ser indiferente o estar alejado por decisión a la realidad que nos consume día tras día, seguir en egoísmo nos aleja y sigue picando para que las sociedades discriminen, ignoren y alejen a aquellos que no producen o que no participan cómo el sistema espera. Una visión más humana donde practiquemos la empatía como actividad importante de nuestras relaciones personales puede aportar significativamente a nuestra educación, puede dar ese toque de esperanza que el mundo nos va arrebatando poco a poco, puede crear espacios donde cada día nos unamos más en común propósito buscando cambiar la realidad que hoy nos tiene angustiados.

 

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