Los rituales del mate

Hace años que no vivo en Bahía Blanca. Tantos que, cuando me puse a pensar en esto, me di cuenta de que había vivido más tiempo fuera que en ella. Y, sin embargo, siempre que regreso a la ciudad en donde nací, me cuesta trabajo dejarla. Es la gente, los amigos, la familia. Y es el mate que, de alguna extraña manera, nos acerca. 

Mate amargo, dulce, saborizado, con leche, tereré… un montón de variantes, pero sigue siendo un mate.

Cuando pienso en mis padres, que ya no están, lo primero que me viene a la mente es el mate de las mañanas, y ese momento es el que más añoro. En el ritual del mate, mate compartido, también hay un lenguaje de lo no dicho. Es ese silencio que aparece cuando lo tomamos, y que es otra manera de expresarnos.

En mi larga estadía en México, el mate ha estado junto a mí. Ha sido mi compañero de estudio y de escritura. Mis tesis, en especial la de doctorado, las hice con el mate en la mano. Y ahora que lo pienso, y para ser justos, debí dedicársela a él. Me pregunto cuántos estudiantes argentinos no se han desvelado con él y han terminado satisfactoriamente sus carreras gracias, en buena medida, a él. 

Sin embargo, debo decir que no siempre he podido tomarlo durante estos veintitrés años en México. He de confesar que, para mí, el mate es compañía, y no me gusta nada tener que tomarlo sola. «Ya deja ese mate. Mejor vente a tomar un café . No vas a perder tu argentinidad por dejar de tomarlo». Pero yo me aferraba a él, como si buena parte de mi identidad dependiera de eso. 

Cuando uno se va a vivir a otro país, se encuentra en un estado de no pertenencia nacional. En Argentina soy “la mexicana”, en México, “la argentina”. Jevel Katz, cantautor judío llegado de Lituania a principios del siglo XX, lo expresaba en una frase que recuperó hace tiempo Eliahu Toker:

“Castellano es muy fácil, sólo hay que decir todo con ere. Si en el viejo hogar cosía ropa, aquí es un sastrere, si le gusta una dulce María, se dice aquí te quiere, cuarenta años en el país, aquí es un extranjere”. ¿Siempre se es extranjero para los demás, cuando uno migra? ¿Será por eso que nos aferramos a pequeñas costumbres de nuestra tierra natal? ¿por esa necesidad de formar parte de algo, al sentirnos que no pertenecemos a nada?

Tal vez el mate haya sido y siga siendo, para muchos argentinos que viven en otros países, una manera de mantener ese vínculo con algo más grande, algo con lo cual identificarse. Sabemos, como decía Benedict Anderson en su libro Comunidades imaginadas, que la idea de nación es una construcción social, y es imaginada porque si bien sus miembros jamás llegarán a conocer a la mayoría de sus compatriotas, existe en ellos una imagen acerca de los demás, una idea de que hay algo en común entre todos, algo que los une. Y bueno, para mí, en este preciso momento, Argentina es el mate y todo lo que éste representa, todo lo que une e integra. 

Recuerdo que cuando era niña y viajábamos a Necochea, yo negaba que hubiéramos llegado a la ciudad hasta que no veía la casa donde pasábamos el verano con mis abuelos. Entonces, sí, habíamos llegado. Ahora, siento que estoy en Argentina en el momento preciso en que alguien me recibe con un mate. Aunque, claro, también puedo aceptar un buen asado.

En este viaje también visité Rivera, el pueblo donde nació mi papá. Allí, Lili nos recibió, como no podía ser de otra manera, con mate y knishes. Ir a Rivera me hizo pensar en Gerchunoff y sus “gauchos judíos”. Él había escrito un libro en el que buscaba mostrar que los judíos podían ser tan argentinos como cualquiera, y lo presentó ni más ni menos que en las celebraciones del centenario de la independencia argentina. Esos judíos labraban la tierra, amansaban caballos y tomaban mate como el mejor de los gauchos. El mate que los hermana con los gauchos, que los ubica en la tierra, que les da un sentido de pertenencia, que comparten con las visitas, esperadas e inesperadas.

Mis amigas me contaban que, durante la pandemia, los rituales del mate se vieron trastocados. Se reunían, sí, pero cada uno tenía el suyo y eso resultaba tan extraño. Esa circunstancia daba la sensación de un alejamiento de unos y otros, que se debió soportar con estoicismo. 

Pero cada viaje a Bahía Blanca es, no solo el reencuentro con las personas queridas y la alegría de conocer otras, sino el descubrimiento de nuevos rituales sociales con el mate como actor principal. Permítanme explicarme. El mate, como sabemos, tiene sus reglas básicas: se necesita, claro está, un mate y una bombilla, que no debe moverse porque el mate se lava. El agua no debe estar a más de 80 grados centígrados y debe colocarse lo más cerca posible de la bombilla. “No se riega. No es una plantita, eh?”, me dijo en tono jocoso una amiga, al ver mi peculiar manera de echarle el agua. Si se riega, también se lava. En cuanto a la yerba mate, ésta puede ser con palo o sin palo, y tiene que ver con el gusto de cada persona. No puede faltar, en este ritual, un cebador que llevará el mate a todos los presentes de a uno por vez y sin saltar a nadie. Y una peculiaridad es que en este acto, la palabra “gracias” le indicará al que ceba que quien la profirió ya no quiere más, y pide que la salten de la ronda. Y por supuesto, todos saben que, si el mate es de madera o de calabaza y algún integrante de la familia lo toma amargo, no es correcto ponerle azúcar porque “le queda el sabor”.

Así, en una casa debería haber, al menos, dos mates: uno para el amargo y otro para las variantes. Además de estas reglas básicas, cada persona o grupo social tiene sus propias técnicas para colocar la yerba. Hay quienes la posicionan en un costado para que no pierda sabor tan rápido. La ubicación de la bombilla y el momento preciso para colocarla también son importantes. Algunos lo hacen antes de poner la yerba y otros, cuando ya está en el mate. Hay, también, quienes ponen agua fría o tibia para mojar la yerba recién colocada y así evitar que ésta se queme. Algunos más absorben el agua de la primera cebada pero la desechan, evitando tomarla. 

Pero las sociedades son tan ricas en rituales que cada vez que regreso a Bahía, descubro nuevas y fascinantes formas de relacionarse y de socializar el mate.

Suelo viajar en invierno, porque son las vacaciones largas en México, y este año, 2025, no fue la excepción. Y fue allí, en estas breves dos semanas, que descubrí la práctica de la montañita, un ritual que se ve, especialmente, en las jóvenes generaciones de adolescentes y muchachos que transitan los 20´s. Eso de mover la yerba haciendo una especie de montaña, lo conocemos de nuestros padres. Sin embargo, ahora la técnica se ha afinado muchísimo.

“Yo empecé a hacerlo por la presión de mis amigos, que cada vez que preparaba el mate me decían que por qué no hacía la montañita, y ahora la hago aunque no me sale tan bien”, me confesó mi sobrino.

La montañita es una técnica fascinante que lleva un tiempo sorprendentemente largo, si lo comparamos con la cebada tradicional. Requiere de mucha paciencia y precisión, y en esta labor se juega la destreza del que lo prepara y la admiración de los que tomarán mate con él. Para tener éxito en esta empresa, es importante considerar una serie de factores. Si bien se puede usar cualquier mate, es mejor que sea uno grande, y es preferible usar yerba sin palo, “si no, no sale bien”. Los chicos lo hacen porque, aseguran, de ésta manera adquiere un mejor sabor y dura más tiempo. Mis amigas, que están en los 40´s, se burlan y dicen que todo eso es “una pavada”. A mi me parecen muy interesante estos pequeños cambios sociales. ¿Cómo es que, de pronto, a alguien se le ocurre hacer pequeñas modificaciones en la manera de prepararlo? Pequeñas invenciones de un ser anónimo, como un murmullo, que resultan en prácticas sociales, tan importantes como cualquier otra invención, porque transforman nuestras conductas, la forma en que nos constituimos como sujetos y nos relacionamos con los otros.

Cuando yo pienso en el mate, recuerdo el poema de Martínez Estada, que conocí por mi mamá y por mi abuelo: “De ti a mí, mano a mano, el mate viene y va. El mate es como un diálogo, con pausas que llenar…”.

Pienso en mates y en libros, muchos estantes repletos de libros del piso al techo, y recuerdo la casa de mis abuelos en la calle Lamadrid. Y, a muchos kilómetros de distancia, me tomo un mate y, de alguna manera, me siento más cerca de ellos.

 

 

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