En algún lugar de este mundo tan grande y diverso, lleno de seres vivos, existe una chica llamada Estefanía. Sin embargo, las personas que la conocen la llaman “Fanys”. A ella le encanta jugar básquetbol, pues considera que esta actividad no es solo un deporte, sino también una forma de mejorar la salud y el bienestar en muchos sentidos; así es como ella lo entiende.
Una de sus metas y sueños más anhelados es poder representar a México en la gran National Basketball Association (NBA), donde los jugadores profesionales compiten por reconocimiento, tanto de manera individual como en equipo. Para Estefanía, esta sería una oportunidad única para desarrollar su destreza, conocimiento y habilidades en el juego.
La pasión de Estefanía por el básquetbol surgió en el año 2014, cuando cursaba el primer grado de secundaria. Fue durante esa etapa cuando descubrió que se pueden conocer personas nuevas y forjar grandes amistades, algunas de las cuales pueden durar toda la vida, como ocurrió con su mejor amiga, a quien conoció justo ese año.
De igual manera, hay jóvenes que comparten su pasión por jugar básquetbol, o que simplemente disfrutan convivir y crear momentos inolvidables que se convierten en recuerdos y anécdotas.
Un día, Estefanía vivió una situación que le hizo dudar si debía seguir jugando. Un grupo de compañeros la molestaban con comentarios negativos, criticando tanto su persona como su forma de jugar. Ella decidió no confrontarlos porque no quería problemas, pero poco a poco las palabras y acciones de sus compañeros comenzaron a afectarla profundamente. Estefanía empezó a creer que no merecía jugar, lo que le causó tristeza y baja autoestima.
Fue entonces cuando su mejor amiga, aquella que la había acompañado desde el principio, intervino para defenderla. Tras aquel mal momento, ambas tuvieron una plática intensa y decidieron dejar atrás las palabras hirientes para seguir adelante. Estefanía y su amiga llegaron a la conclusión de que aprender de los errores y enfrentarlos era la mejor manera de crecer y fortalecerse.
Días después, mientras seguían entrenando juntas, los mismos compañeros regresaron para molestarlas nuevamente. Sin embargo, esta vez ellas estaban más que listas. Decidieron retarlos a un partido, y los chicos aceptaron, aunque subestimaron las habilidades de las chicas. Lo que no sabían era que ellas habían estado entrenando arduamente para demostrar que cualquier persona puede jugar básquetbol, sin importar su estilo o apariencia, siempre respetando las reglas.
Finalmente, Fanny y su amiga ganaron el reto, dejando a sus compañeros sin palabras. Ellos, sorprendidos, pidieron una revancha, a lo que ellas respondieron: «Cuando quieran, ya saben dónde encontrarnos».
Ese día, Fanny se dio cuenta de que es capaz de lograr muchas cosas. Se demostró a sí misma que, con esfuerzo y dedicación, los sueños pueden cumplirse, sin importar las etiquetas que los demás intenten imponer. Descubrió que no importa si eres alt@, baj@, robust@ o delgad@; lo importante es aceptar que todos somos diferentes y, a la vez, iguales en valor.
Han pasado muchos años desde entonces. Ahora, Fanny ha crecido tanto física como emocional y profesionalmente. Está por culminar uno de sus mayores logros: terminar la universidad. A pesar de las adversidades, sigue entrenando y practicando básquetbol, con la esperanza de que un día su familia pueda verla alcanzar su sueño más grande: representar a su país en un escenario internacional.
