Antes de partir, los rostros conocidos me brindaron cierta confianza, los nuevos mucha curiosidad y llegar a la renuente casa de concreto colorido me trajo las memorias de lo que fue hace una vuelta al sol. Mi mente repetía las palabras “yace aquí nuevamente el trabajo de alfabetizar”. Regresé a la casa alfabetizadora, a Xonocuautla, pero ahora como coordinadora.
Coordinar siempre me sonó a una labor de aquellos expertos con mil historias por compartir, habilidades para mantenernos a pie y a los que les pasa el tiempo, supongo que en mí también corre. Ahora sé que coordinar también es de fuertes. Fuertes para tomar decisiones, aguantar las ganas de hacer las cosas por sí mismos, de escuchar, pero también saber cuándo hablar, de ceder y resistir. También se es fuerte al no robar clases y acompañar de lejos.
Por ahí dicen que el primer año coordinando es el más difícil, y si bien en ocasiones la melancolía me golpeaba, para mí coordinar implico revivir experiencias desde una posición interesante: ser nueva. Siempre he pensado que se es nuevo cada que regresamos a las andadas, tal vez porque es tu primer año alfabetizando, o tu primer año siendo “viejo” alfabetizador, porque se llega a una casa nueva o con nuevas personas.
Soy nueva coordinadora. Nueva aprendiendo a asignar brigadas, a revisar 20 planeaciones por la madrugada, a acompañar a la clínica por una gripe ligera, a escuchar excelentes y terribles días, a aconsejar y dar talleres académicos. Nueva a tantas cosas que no alcanzan las letras para nombrar.
En el camino me reencontré con la alfabetización desde un banquito que contempla muchas clases, que disfruta de las experiencias contadas en asamblea y ve la emoción de los cambios de nivel en las alumnas. Fui cobijada por sin fin de personas, por la compañía coordinadora, por los dichosos alfabetizadores y por cada uno de los alumnos que, como a los “maestros”, me recibieron siempre amables, siempre dispuestos por aprender y a enseñarme mucho.
En el sentir pude experimentar tanto amor, por cada brecha recorrida, cada taller de donas, repartos, comidas maravillosas y cada felicidad entre corajes. Sin duda, ser coordinadora ha sido una de las experiencias que más me han marcado, es ahora también un dulce recuerdo que llevo siempre conmigo. Y, aunque la chamba nunca termina, hoy soy feliz por aquella casa que pude coordinar por primera vez.
