El pino y la torre

Comencemos como inician las viejas historias: hace mucho tiempo, a finales del siglo XVII e inicios del siglo XVIII, se construyó una hermosa hacienda, tan grande y señorial, tan blanca que si la mirabas derechito, debías entrecerrar los ojos. Como en todas esas majestuosas construcciones, colocaron dos torres en cada una de sus esquinas frontales, las dos torres, enormes para su tiempo, poderosas, altivas.

Junto a una de las torres del frente, alguien plantó un árbol, un árbol pequeñito, muy verde, como todos los árboles pequeños, muy flaquito. Ese pequeño árbol miraba siempre a la gran torre, siempre hacia arriba, levantaba la mirada tanto que si los arboles tuvieran cuello, a este pequeño árbol ya le hubiera dado torticolis o algo parecido, la miraba cubierta con una capa de pintura tan blanca como la pureza y coronada por dos redondeles metálicos, fuertes, negros, tan hermosos que no hacían más que embellecer más y más la estructura casi perfecta de la vanidosa torre – pst…pst…- decía el pequeño árbol -¡hey!, ¡tú!, ¡la torre! Y la bella torre apenas se dignaba a mirar hacia abajo y con molestia respondía: ¿me hablas a mí, pe-que-ño?, – ¡Sí! Es a ti hermosa torre, que bella eres-  decía con admiración, respeto y un floreciente amor. Aquel pequeño árbol, algo nervioso pero con la valentía de quien se encuentra ante su primer amor, respirando bien hondo se animó a decir – sabes, quiero preguntarte algo-  y, mientras hablaba sentía ese temblorcito que da cuando nos animamos a hacer algo que comúnmente no hacemos, sus ramitas temblaban y su pequeño fuste temblaba -¡Quiero saber si aceptas ser mi novia!- se animó a preguntar agolpando las palabras en un grito -mi compañera, podemos crecer juntos, podemos mirar pasar el tiempo y la vida de los demás mientras mis ramitas acarician tus paredes, mientras me cubres con tu sombra, mientras…  ¡JAJAJAJA! rió la torre, ¡no sabes lo que dices! ¡Eres y serás siempre un pe-que-ño árbol! Indigno, café y lleno de…de…de ¡resina!, claro que no acepto ser tu novia, ¡ni tu novia ni tu nada!

¡Pum!, el pequeño árbol sintió que sus sueños, sus ilusiones y su vida entera, aunque chiquita, se venían al suelo, no lo consoló ni lo contentó esa lluvia refrescante que comenzó a caer, ni siquiera le consoló poquito que tanto muchacho caminara frente a él alegremente, el pequeño árbol simplemente sintió por vez primera cómo es que se rompe un corazón de corcho, sintió por vez primera ese calorcito que comienza en la planta de los pies y sube hasta las orejas poniéndolas coloradas, si el pequeño árbol hubiese podido, hubiese arrancado sus raíces para irse a otro jardín, pero no pudo separarse de la torre, no pudo siquiera dejar de seguir mirándola.

El pequeño árbol concentró todas sus fuerzas en crecer y crecer, utilizó todas y cada una de sus pequeñas hojas para absorber la luz del sol, utilizó todas y cada una de sus pequeñas raíces para alimentarse, bebió cada gota de agua que la lluvia le regaló; en los días en que el sol se molestaba y sin querer lanzaba rayos quemantes, el pequeño árbol se contentaba con recibir parte de la sombra de la bella torre, en los días de tormenta cuando el viento soplaba cargado de agua como queriendo arrancarlo de la tierra, el pequeño árbol se contentaba con cubrirse con la fuerte y gran torre y de vez en cuando, mecido por el viento, acariciar de tanto en tanto la húmeda pared blanca de la torre.

Un amanecer de tantos, cuando las flores bañadas de rocío despertaban para recibir la caricia del sol, la torre se aprestó a hacer brillar sus paredes reflejando los rayos del sol impresionando a todos, intentó darse cuenta si la pareja de lechuzas que habían llegado la noche anterior a una de sus coronas seguían ahí, prestó atención y escuchó los alegres silbidos de pájaros cantantes; se sintió orgullosa, ¿dónde más podrían posarse los pájaros si no en ella misma?, ¿dónde más podrían encontrar un lugar donde guarecerse del sol?, de la lluvia y el viento si no es en mi misma, se dijo, pero no sintió sobre ella el cosquilleo de las pequeñas patas del huitlacoche, no sintió tampoco sobre ella la loca carrera de los gorriones persiguiéndose, ni de las palomas posadas en su cima haciendo ese ¡cu! ¡cu! ¡cu! que hacen las palomas; prestando más atención, escuchó los silbidos lejos de su cuerpo -¿qué sucede?- se preguntó, sintió sobre ella misma una sombra fresca y abrasadora, miró al cielo molesta esperando encontrar a la nube responsable de ello pero no vio más que un cielo despejado y un sol radiante, miró al frente y esa fuente que le ha acompañado por muchísimos años, le miraba como siempre, miró hacia la calzada y ahí estaba, como siempre, la otra torre, su compañera, entonces miró a su costado y descubrió un ¡e-nor-me árbol! tan grande y majestuoso que ella casi se desmaya, miró y miró, y volvió a mirar, simplemente no lo podía creer, ¿de dónde había salido este árbol? ¿qué o quién lo había “olvidado” ahí? Estas y otras preguntas se hacía la bella, altiva y ahora no tan grande torre.

Escucho un pequeño crujir como ese que hacen los árboles cuando estiran sus ramas y un bostezo araganado que la extraño tanto que quiso levantar cimientos y caminar a abrazarse a su hermana la otra torre -¿Qué sucede?- Preguntó -¿quién eres tú? Y qué haces tapando ¡mi sol!, ¡mis nubes! y ¡mi cielo! El árbol, tiernamente sacudió su follaje y acarició pedacitos de pared de la torre haciéndole cosquillas -Soy yo, hermosa, soy yo, el pe-que-ño árbol, ¿no me recuerdas?, pero si hace apenas unos años me desvivía declarándote mi amor y llenando tus paredes de piropos, hace unos años que te he acompañado mirando ese andar incansable de “pelones”, estudiantes, pasantes e ingenieros, desde hace algunos años reímos al mirar cuando tiran a los cumpleañeros a las aguas de nuestra amiga la fuente, desde hace algunos años, tu y yo, somos los infaltables invitados en “la toma de foto” de los graduados; ahora he crecido, ahora el sol, las nubes, el aire y todo lo que nos rodea son mis amigos, mis compañeros, ahora soy yo quien todas las tardes te abraza y te cubre con esa fresca sombra que tanto te gusta, soy yo quien pegadito a ti, capotea vientos de tormenta, ventiscas llenas de polvo y hasta sería capaz de recibir uno que otro rayo por ti, soy yo quien aún se contenta con estar aquí, a tu lado, ¿me recuerdas ahora?.

La pequeña torre dudó un poco y encolerizada, agolpando sus palabras, atino a decir: sí, te recuerdo, pero jamás imaginé el que siguieras aquí, este espacio es mío, este lugar es mío, este paisaje, este sol, este aire, estas nubes ¡mías son! Y no estoy dispuesta a compartirlos con nadie, bastante tengo ya con ser comparada con aquella, la otra torre que se cree mucho por ser guardiana eterna de la capillita esa llena de rayones y dibujitos.

El gran árbol sintió nuevamente esa pena y tristeza en el corazón de corcho y con compasión meció la punta de sus ramas acariciando la pared blanca de la torre que tanto admiraba, que tanto quería, sonrió de esa manera tranquila y serena que tienen los árboles maduros, suspiro sacudiendo todo su cuerpo haciendo volar a todos los pajarillos que en él anidan o descansan, una bandada de chillones voló en círculos gritando posándose nuevamente sobre el gran árbol, suspiró nuevamente diciendo en voz baja: no me importa tu altivez ni tu orgullo, aquí estaré siempre, a tu lado, compartiéndote mi sombra durante el día y resguardando tu sueño por las noches.

PD1: La calzada de los hombres ilustres, en su sentido este-oeste tiene aproximadamente 395 metros de largo, está rodeada de árboles maduros y hermosos, mayormente fresnos, pirules, algunos pinos y eucaliptos, a lo largo de toda ella, en el centro, se yerguen los bustos de personajes ilustres para la Agronomía; esta calzada encuentra su fin y se corona con el majestuoso casco de la Ex hacienda de Chapingo el cual, visto de frente y en su costado izquierdo, tiene al gran árbol y gran torre motivo de este escrito.

PD2: El árbol junto a la torre es una Araucaria que de acuerdo a relatos históricos, llegó a la Hacienda de Chapingo alrededor de 1890 como parte de un regalo hacia Porfirio Diaz, compadre de quien entonces fuera dueño celoso de Chapingo, Manuel Gonzalez. Este árbol es conocido también como “falso pino” ya que aunque físicamente lo parece, se encuentra muy lejos de esta especie.

 

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