Pinté líneas invisibles mientras descubría un poquito del mundo. Mi territorio era mi casa y lo que hubiera más allá de la puerta de salida, se desvanecía a lo ajeno. Desde los muros fronterizos que daban al campo, veía aquellos cerros pintados de sol y sombra que recubrían otros límites de lo que yo vislumbraba como mi espacio. Pensaba que aquello que estuviera fuera de mi vista ya no me pertenecía, ni yo le pertenecía a él. Yo sólo pensaba “aquí como allá, también se hace vida”.
En mi casa se encontraban mis juguetes, mi cama, mi familia, y unas cuantas reglas de convivencia y estadía, fechas importantes marcadas en el calendario, usos y costumbres, los árboles de las frutas favoritas de mis bisabuelos, la hierba endémica de aquellos suelos pedregosos, gallinas, patos, conejos, cochinos, perros, gatos, abejas y colibríes.
Afuera de mi casa, las inamovibles edificaciones frescas de los vecinos, negocios emergentes, piedras y terracería, la decisión de celebrar la fiesta en abril, el circo de diez pesos la entrada… Con el tiempo comprendí que, más allá del hecho de reconocer a partir de mi sentir cotidiano de pertenencia y propiedad a espacios como mi casa o mi comunidad bordeada de cerros, el Estado me había clasificado en su delimitación geográfica de poder.
En la escuela, en la tele y en la casa nos enseñaban nuestro arraigo mexicano. Mi territorio entonces, se volvía más de lo que yo pudiera imaginar alguna vez. Mi territorio era una explosión simbólica de significados, estructuras, historias y reglas que se compenetraban en un espacio físico. Mi territorio era un México al cual yo también pertenecía, pues conceptualmente, el territorio es descrito como un espacio geográfico donde se ejerce el poder del Estado.
La conceptualización e identificación al término expuesto tomó nuevos sentidos a partir de comprender que mi cuerpo había sido el primero de mis territorios, la primera de mis casas. En mi cuerpo habitaban mis pensamientos del día, mis anhelos de la noche y mis sueños de la madrugada. Mi cuerpo fue resguardo de mis emociones, de mis dolores, de mis alegrías. Pensaba que, así como amaba a mi casa, así como conocía a mi comunidad, así como me habían implantado el reconocerme dentro de un territorio-nación, tenía que amar, conocer y reconocer a mi cuerpo, mi territorio, mi primera frontera.
Fue a partir de mis cruces con otros límites, con otros cuerpos, otras casas, otras comunidades, que percibí la estrecha relación entre aquellos territorios y las fuertes fronteras imaginarias que son las culturas. Sistemas, símbolos, significados, estructuras compartidas. Aquellos pensamientos y creencias albergados en la cultura necesitan de un espacio físico para existir y situarse en numerosos procesos de identificación, pertenencia y reconfiguración.
Tomaba café originario del pueblo de mi mamá en una cocina del pueblo vecino. Un amigo me decía que ahí, en su pueblo, la gente no se dedicaba al campo, como en el caso del pueblo de mi mamá. Al tratarse de pueblos colindantes, la vegetación, el clima y los suelos no variaban en demasía, sin embargo, las actividades económicas, así como los lenguajes, los rituales, las celebraciones y otras prácticas cotidianas, eran distintas:
“Mi pueblo es de artesanos y artesanas, el pueblo de junto es de trabajadores y trabajadoras del campo. Nuestro pueblo habla náhuatl, el pueblo de junto habla tutunaku. Nosotros sabemos que cruzando el río podemos conseguir este café y otros alimentos. Los del pueblo vecino, saben que aquí pueden encontrar bordados y canastos. Pienso que más que un desencuentro por pertenecer a culturas diferentes, se trata de una complementariedad”, reflexionó.
Quiero a mis territorios, porque me identifico con cada uno de ellos. Son mis casas, los suelos sobre los que se han apoyado mis pies, las texturas que han reconocido mis manos, los paisajes que han entrado por mis ojos, las vibraciones que han percibido mis oídos. Quiero a mis territorios porque en ellos ha encajado mi vida. He sido una pieza, he pintado pasos, he compartido momentos, luchas y desencuentros. He comprendido que “aquí como allá, también se hace vida”.
