Corazón robado

Mi nombre es Eleonor Macbeth y esta… no es mi historia.

Nuestra historia transcurre muchos años atrás, aún antes de que mi cuerpo se pudriera bajo la tierra, esto ocurrió en un pequeño y pintoresco pueblecillo olvidado en las montañas; una historia de amor y tragedia, un amor imposible como muchos que han existido, pero intenso como pocos ha habido.

Un joven risueño, de cabello azabache y terco cual mula, caminaba un día cualquiera entre los pastizales, le gustaba ir brisa sobre su rostro, el dulce aroma de las flores pero sobre todo el silencio hacían de aquel lugar el lugar perfecto para aquel muchacho que estaba obligado a pasar largas horas en el campo; el miraba al horizonte sentado sobre el tronco de un viejo roble mientras pensaba en el mundo que existía más allá de las montañas, esperaba, no mejor dicho, auguraba que más temprano que tarde iría a recorrer el mundo… Mientras nuestro joven soñaba con el porvenir algo inesperado paso.

-¡Auxilio! ¡Auxilio!.-escucho exclamar a lo lejos, rápidamente se puso de pie y fue a ver que pasaba, grande fue su sorpresa al encontrar a una bella joven con las mejillas coloradas y el pelo alborotado, la chica trataba con todas sus fuerzas de sacar su pie del hoyo donde había terminado a parar, el chico corrió hasta ella y con mucho esfuerzo logró sacarla del apuro.

-Es usted mi héroe, me ha salvado la vida.

-¡Qué va! Pero si yo solo he movido unas cuantas piedras, tampoco ha sido para tanto.

-Apuesto y modesto, no sabía que aún existían caballeros así. -el chico enrojeció, se maldijo por ello, odiaría quedar como un tonto ante ese bello ángel.

-Soy Jonathan Casiel

-Anabeth…Anabeth Jacques

-Jacques…mmm me parece haber oído ese nombre en algún lado.

Ella se rió y eso para Jonathan fue la perdición -Seguro…- la frase quedó al aire, siendo reemplazada por el nombre de la chica a la distancia, Beth palideció.

Rápidamente alisó su vestido y acomodó las mechas sueltas de su peinado- Debo irme. – comenzó a alejarse, pero antes de desaparecer volteó levemente el rostro y regalándole una sonrisa musitó -Espero verte de nuevo, mi galante caballero. – el corazón de Jonathan se aceleró como nunca lo había hecho, muy tarde reaccionó y corrió en su encuentro, pero al hacerlo Anabeth se había esfumado, dejando a nuestro chico solo, confundido y perdido en el recuerdo de aquellos ojos color miel.

El resto del día no hizo más que pensar en ella, todos los días iba a su encuentro, iba y se sentaba en aquel viejo tronco, todos los días con las esperanza de verla de nuevo, poco a poco los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, su chica de ensueño se había esfumado, trataba por todos los medios de aceptarlo pero sin importar cuanto tratase simplemente no lograba sacarla de su mente, solía pensar en conocer el mundo pero desde el día que la vio ella se convirtió en su mundo, no podía rendirse tan fácil, él mantenía las esperanzas algún día la vería de nuevo….

Poco a poco las esperanzas se fueron acabando, aquella ilusión se había ido dando paso a la costumbre, de pronto escuchó el relincho de caballos, la mera curiosidad le llevó a acercarse, grande fue la sorpresa que se llevó ¡Ahí estaba ella! No podía creerlo, era más bella de lo que recordaba, la felicidad lo invadió y corrió a su encuentro, pero poco antes de llegar la burbuja se rompió… ella no estaba sola, otro jinete la acompañaba, sintió su corazón romperse y sus esperanzas volverse cenizas, junto fuerza y salió huyendo de ahí, de camino a casa se cuestionaba como es que podía haber sido tan tonto, una chica como ella jamás se fijaría en alguien como él ¡En qué estaba pensando! Ni siquiera la conocía, solo la vio una vez, suspiro, solo la vio esa vez, pero fue suficiente para robar su corazón.

Dolido llego a casa, empacó lo poco que tenía y con lo que había logrado juntar los últimos meses tomó un tren, no sabía a dónde se dirigía, pero lo que tenía claro es que debía irse, así con el corazón abatido y sin mirar atrás llegó a la ciudad, no era la gran metrópolis, pero no estaba mal, la gente revoloteaba de un lado a otro, el comercio estaba a flor de piel, se hablaba de música y pintura, todo un mundo nuevo para él.

Comenzó trabajando en una tienda de orgánicos, poco a poco fue aprendiendo y conociendo más, al fin tenía lo que siempre había soñado ¡Era libre! Pero para su desgracia el recuerdo de su amada Anabeth estaba tan fresco como el primer día, tan fresco como el dolor de aquella desilusión.

Cada viernes sin faltar enviaba una carta a su familia, contaba su vida y aventuras, pero también le escribía a ella preguntando al destino porque si la hizo anhelar tanto… tuvo que alejarla de su lado.

El tiempo pasó y Jonathan terminó por casarse. Su esposa era bella y muy dulce, pero nada se comparaba con aquella chica de cabellos dorados que con solo una sonrisa se había vuelto dueña de su corazón, un día cuando aquello no era más que un vago recuerdo recibió una fatídica noticia… su madre había enfermado.

A toda prisa hizo maletas y volvió a aquella lejanía que tiempo atrás llamo hogar, el ver a su madre moribunda le rompió el corazón, saber que era la despedida fue más que duro, pero fue aún más duro cuando su madre le confesó que tiempo atrás una bella joven de doradas mechas había tocado su puerta, que le escribía… aún lo hacía.

Su madre le entregó las cartas apenada -recuerdo cuando me contaste de ella- le dijo, el brillo en tu mirada y la sonrisa en tu rostro, sé que la querías, debí haberte dicho, pero sabía que si lo hacía no podrías seguir, tenías que vivir hijo mío, su madre acarició su mejilla limpiando una lágrima escurridiza, se feliz mi risueño niño y tras decir esto soltó su último aliento.

Luego del entierro pasaron semanas para que se atreviera a abrir las cartas, aun no entendía como aquello le pudo ocurrir, tenía a Camil y la amaba, pero sabía que nunca sería feliz hasta que supiera la verdad, así que lo hizo y la primera frase bastó para derribar su mundo.

“Nunca dejé de pensarte desde aquel día qué me salvaste eres parte de mi ¿por qué no me esperaste?” en la carta ella contaba que cuando se conocieron había salido a cabalgar con su hermano como lo hacía cada tarde, pero algo le hizo querer dar una vuelta, ella decía que el destino los había juntado pero que cruelmente los había separado, dos almas destinadas a amarse pero no a estar juntas; en sus cartas contaba que había sido de su vida, el cómo lucho para encontrarlo y la frustración al enterarse que no había llegado a tiempo, pero sobre todo ella le decía lo mucho que la quería, lo mucho que su amor la había cambiado, Jonathan lloro con cada palabra al final de la carta ella escribió “gracias por enseñarme a amar mi galante caballero, ama, vive y goza, aunque no sea a mi lado, nunca olvides que todo pasa por algo y el destino aunque cruel es sabio por que al menos por un momento chocó nuestros destino”

Yo soy Eleonor Macbeth y mi madre fue Anabeth Jacques, una mujer que amó profundamente pero nunca pudo encontrarse con aquel que la amaba…

 

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