Aún recuerdo cuando lo conocí. Era un ser encantador, simpático y amable, su sentido del humor era tan único que simpatizaba con cualquier mortal. Una tarde de octubre llegó con su maleta repleta de esculturas prehispánicas y algunas mudas de ropa, tenía clara su intención de quedarse en el pueblo que se encontraba en la periferia de la ciudad.
La intriga me consumía y aquella noche decidí ir a su cuarto para saber quién era y por qué había dicho que el otro mundo estaba predestinado. El miedo me paralizó, me quedé estática enfrente de su puerta y en un cerrar de ojos estaba delante de él.
No podía pronunciar ni una sola oración, mis labios estaban tan rígidos que no eran capaces de emitir sonidos. Fue nuestro primer encuentro.
Los días en el pueblo con él se habían convertido en un carnaval, a los pobladores les agradaba su presencia. Pero, por las noches ¿en qué se convertía? Su sombra no era humanoide, su voz era siniestra y sus ojos eran peculiarmente de color amarillo. Llegué a creer que un ser maligno lo controlaba porque en un pueblo de creencias todo es posible.
Nuestro huésped había encontrado comodidad, tal vez era eso lo que buscaba, cómo saberlo. Le gustaba tener el poder de intimidar y todas las noches lo lograba, aunque muchas veces deseaba que solo fuera un mal sueño, él seguía ahí.
Nuestros encuentros siguieron siendo tan pavorosos como el primero que todas las madrugadas tenía que estar alerta por si se decidía a atacar, no podía confiarme.
Al paso de algunos meses el ser íngrimo, misterioso e indescifrable, que era nuestro huésped, causaba pavor a cualquier mortal que lo viera. Su encanto hacia los demás había desaparecido.
El último encuentro lo tuvimos en una tarde fría de noviembre. Estaba enfrente de mí, dichoso de convertirse en mi suplicio. Sus ojos grandes, redondos y amarillentos. Su mirada podía traspasar cualquier cosa. Dueño de un hedor que lo distinguía a cientos de kilómetros. Era un ser lúgubre.
No pude hacer nada, sus fuerzas eran incomparables a las mías. Su rostro era demoníaco, su mirada estaba perdida. No era de este mundo.
