¿Por qué escribir?

La chica mira con duda el atrapasueños que cuelga de la esquina de la pared morada de su habitación, mira la botella que también es morada y se pregunta incontables veces cuál será su lugar en el mundo, quién es cuando se despoja de las máscaras, si lo que estudia realmente le llena el alma, todo le da vueltas y  las preguntas pierden el significado; intenta recordar la clase en donde se habló de la definición de la literatura, recuerda el pizarrón lleno de ideas que la confunden aún más, aun así, entiende que el concepto va más allá de la estética y esas reglas que tantas veces ha escuchado, mira impaciente el reloj que marca las doce de la noche, se lo vuelve a preguntar, recuerda aquella presentación de la antología de nombre indescifrable y la mención de la cita de Virginia Woolf: ¿Escribir?¿Para qué quieres tú escribir?

Mira la taza llena de flores de papel sobre el escritorio y piensa en sus amigos, en la noche de los fuegos artificiales en Zautla con Arly, en la majestuosidad de aquella canción de My Chemical Romance que cantó hasta quedarse sin voz con Sofí; recuerda  aquella tarde de otoño con Uriel, piensa en la campaña de alfabetización pero, más allá de eso, piensa en las letras, en las clases de lenguaje literario, en Stef y su afán de llamarla “bestseller”, en Brisa y su libreta del dolor, en la revista “El beneno de Juárez”; todo relacionado con el arte de la escritura, piensa en las personas que la inspiran a escribir, eso es lo que le mueve el alma, lo que en verdad la apasiona.

¿Qué es lo que en realidad desea? Mira el libro de José Agustín sobre el escritorio y piensa otra vez en la estética, en la musicalidad que hay en los poemas, probablemente en el encanto que tiene el arte de la literatura con todas esas obras plagadas de retórica y del lenguaje que no se usa en la escritura convencional según la época. Quizás la respuesta que busca se encuentra en lo que quiere expresar cuando escribe, no sólo como un acto de comunicación, encuentra una incomprensible belleza en el interacción del autor como un emisor y el lector como un receptor, este último es quien interpreta los textos, pues por la lengua somos todos, pero dejando a un lado  la interpretación, le cautiva la trasmisión de las emociones a flor de piel, de su felicidad y su dolor, de la presentación del arte en todas y cada una de sus manifestaciones, porque eso es lo que hace el arte, exponer las emociones y solo aquello es lo que en verdad la hace feliz, lo que la mueve y anima, porque el arte alimenta al ser.

Es consciente que su opinión es subjetiva, está basada en sus recuerdos, más en las palabras vagas que de sus clases de textos clásicos, en el México surrealista en el que vive, pero aquello no quita que sea eso lo que la apasiona: escribir. Entonces, vuelve a observar  el atrapasueños que contrasta con los colores de la fresa hecha de papel que cuelga del mismo atrapasueños, ya no lo mira con incertidumbre, pues se ha descubierto así misma reafirmando que no importa que tan pequeña sea su pasión, sólo eso es lo que la hace ser ella, ahora comprende lo poético, filosófico y literario que es el lenguaje y por supuesto, la vida.

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