¿Regresar a un estado natural?, ¿atender el llamado de la naturaleza?, ¿reconectar con la madre tierra a través de nuevas prácticas? El cuidado de la naturaleza apela a lo natural del hombre por conservar su medio y por ende conservarse a sí mismo.
Actualmente se promueven estilos de vida más sustentables, haciendo un llamado del cuidado de sí y con ello del cuidado del medio ambiente: ocupar menos energía, cuidar de los animales, ser vegano para reducir los desechos fecales de ganado y la deforestación para su alimento, convertirse al minimalismo, utilizar medios de transporte menos dañinos, reducir, reciclar y reutilizar; en fin un montón de prácticas. Pero, si lo que vemos día a día es el calentamiento global que deshace los círculos polares, alertas a la población sobre la mala calidad del aire, la extinción animal y el aprovechamiento ante la más mínima oportunidad de abandonar los desechos bajo tierra, el mar, en otros países y si es posible en el espacio; esto pone en cuestión por qué el hombre a diferencia de otros animales destruye el propio medio en el que vive. Tal parece que la humanidad actúa contra su propia naturaleza al destruir el medio ambiente.
Así pues, ¿qué tan ligados estamos a la naturaleza? Sabemos por Darwin, quien escribe El origen de las especies, que el Homo sapiens sapiens comparte un ancestro común con otros primates. No solo existe la biología que da cuenta de ese vínculo hombre-animal, otras ramas de estudio como son las ciencias sociales y las humanidades hablarán sobre dicho vínculo. Por ejemplo, la psicología estudia al ser humano como un ser bio-psico-social, por otro lado, una rama de la antropología que es la etología compara los comportamientos entre humanos y animales, como hace Jane Goodal, una de las primeras primatólogas en introducirse a una sociedad de gorilas. Entonces, la naturaleza de la humanidad yace sobre la idea de que los humanos también somos primates, en suma, también somos animales.
Para hacer claro el problema del que estamos hablando vayamos un poco más atrás. Cuando hablamos de que algo es natural, lo que se hace es enfatizar que eso es normal, común y con características propias inalienables, por lo que no cabe cuestionar sus razones, aunque es necesario y muchas veces poco evidente. Por ejemplo, a finales del siglo XVI la heterosexualidad se había consolidado como la sexualidad corriente y de uso común, las relaciones sexuales entre hombre y mujer se las nombraba como normales justificadas por sus efectos, la reproducción humana. Amparado por el discurso médico de la época, ya en la modernidad, aquello que era anormal era la homosexualidad: “No hace mucho, el Petit Robert definía la heterosexualidad como ‘la sexualidad normal del heterosexual’ [sic], siendo el heterosexual aquel ‘que experimenta una apetencia sexual normal por los individuos del sexo opuesto’” (Tin, 2012, p. 224).
Más aun en la obra de Alfred Adler, médico y psicoterapeuta nacido en Austria en 1870, escribe en su obra El problema de la homosexualidad que se debía imponer la heterosexualidad como norma:
La homosexualidad es la negación de la voluntad humana en uno de sus aspectos más sensibles, ya que la voluntad humana lleva en sí misma de manera vívida el ideal de la perpetuación. Este solo hecho basta para imponer la heterosexualidad como norma, ubicando toda perversión, incluyendo la masturbación, dentro de la esfera del crimen, de la perdición o del pecado (Adler, 1917 como se citó en Tin, 2012, p. 187)
Solo queda preguntar por qué si la heterosexualidad es tan normal se la tiene que redirigir constantemente haciendo uso de la medicina o de la pedagogía, por qué defenderla a capa y espada como si no fuera suficiente esa voluntad humana ya de por sí tan natural como se dice. Debido a que nuestra naturaleza, tal parece, cojea de un pie deberá usar muletas para no andar chueca.
Además, tengamos en cuenta que los términos “heterosexualidad” y “homosexualidad” fueron creados no hace mucho, específicamente a finales del siglo XIX. Entonces, ¿qué existía antes? Tenemos registros clarísimos que muestran sociedades homosociales, que no homosexuales. Ahí les van dos ejemplos, uno de la antigua Grecia y otro de la Francia medieval.
Por un lado, en la antigua Grecia las relaciones entre el erastés (el amante) y el eromenós (el amado) eran relaciones conformadas por hombres, un adolescente imberbe y un hombre adulto. Esta cultura alababa y respetaba las relaciones hombre con hombre y las mujeres quedaban aparte de las relaciones no sólo políticas sino también amorosas. Ellas tenían un espacio propio, el gineceo, al cual no podían acceder los hombres. Por muchos años las relaciones amorosas y de amistad eran preferibles entre los hombres.
Por otro lado, la época feudal nos muestra una hermandad entre hombres cuyo amor los lleva a realizar actos heroicos para su rey. En el siglo XII la caballería conformada por hombres no sólo servía para la guerra, sino que también se conformaban vínculos y relaciones amorosas, fortalecidas por los valores de fidelidad y servicio adquiridos de la moral de vasallo. Como ejemplo de ello, podemos ver en las representaciones de los templarios dos hombres a caballo.
En suma, las relaciones hombre con hombre no son nada nuevo, pero tampoco algo natural, así como las relaciones hombre y mujer. Ni las relaciones hombre-hombre y hombre-mujer son naturales porque en ningún caso existe un instinto que incline a uno u otro.
Regresando a la modernidad más actual por donde comenzamos este ejemplo. Recordemos a Kafft-Ebing psiquiatra alemán o Henri Sainte-Claire Deville químico francés, y podríamos seguir citando a otros más; ellos hablan de la homosexualidad como “una perversión temible de los instintos” o “una perversión sexual” (Tin, 2012, pp. 192 – 199); pero salta a la vista que la defensa de lo natural y lo normal recurra al instinto.
Hablar de naturalidad muchas veces es hablar de instinto. El instinto es aquel impulso irreprimible que lanza con una necesidad imperiosa a hacer algo, un conjunto de pautas para la conservación de la vida, un móvil que obedece a una razón profunda y muchas veces no deliberada. Pero, ¿es esto del todo cierto?, ¿nos dominan los instintos obligándonos a actuar de un modo u otro? Si bien compartimos rasgos con un ancestro común entre los primates siempre se ha buscado definir a la humanidad por rasgos diferentes para mostrar que es algo más que solo animalidad. Podríamos entonces poner en duda que los humanos nos regimos por la naturaleza y los instintos.
Alejandre Kojève nos iluminará el camino. Este filósofo ruso trabajó arduamente durante años para dar a entender y compartir su conocimiento sobre cierto filósofo alemán que causaba dolor de cabeza a sus contemporáneos: Georg Friedrich Hegel. Kojève nos va a decir que la relación del hombre con el mundo no es natural porque está atravesada por el deseo, y más precisamente, por deseos que se desean mutuamente. Antes de que esto parezca trabalenguas y culpen a los filósofos de raros y rebuscados expliquemos qué quiere decir. En vez de instinto lo que propondrán estos filósofos es que los que nos rigen son los deseos.
Imaginemos pues aquellos primeros hombres que habitaron la tierra, con poca tecnología y rudimentarias habilidades para sobrevivir, la relación del hombre con el mundo era directa. Esto quiere decir que el hombre que vivía en sociedad hacía lo que hacía para sobrevivir. Sin embargo, una vida que sólo cuida su supervivencia, que solo procura seguir viviendo, es una vida animal. Todo lo que hace un animal en última instancia es la búsqueda de conservar su vida. En cambio, los hombres para ser más que animales, para trascender su animalidad necesitaban de algo que reflejara su valor. Lo único que refleja el valor humano es el reconocimiento del otro, en otras palabras, el reconocimiento mutuo; el saber y aceptar que el otro también tiene un valor humano, pero a su vez que éste me reconozca igualmente. Ese valor no reside en un objeto o en cosa alguna que podamos encontrar, de hecho, el valor humano es inaprensible, es de una cualidad que llamaremos del deseo.
De manera que, el deseo humano es una nada, un vacío irreal, ¿pero, entonces nuestro valor es nada? No, lo que quiere decir esto es que el valor humano no se puede concretar en alguna cosa, no se puede dirimir en un objeto, no lo podemos encontrar cabalmente en algo. El deseo humano solo busca el deseo del otro para seguir deseando.
Aladdín como cualquier otro genio mágico le concede tres deseos a su amo, seguramente muchos hemos pensado: el primer deseo debería ser tener deseos ilimitados, algo así sucede con la condición del deseo humano, no se satisface en totalidad. Cuando se tiene lo que se deseaba, entonces eso ya no es.
Esto inclinó al hombre a transformar el mundo natural en el que vivía en un mundo humano para su realización. La historia de la humanidad está marcada por el devenir, por el cambio, pero este cambio no se da sin transformar y negar lo anterior. Necesitó negar aquél mundo natural, que le era ajeno y meramente animal, para transformarlo y conservarlo en un mundo humano. Es decir, la humanidad ha cambiado absolutamente todo hasta el punto en que nos preguntamos, ¿qué era lo natural?
El mejor ejemplo de todos lo tenemos a la mano: en la puerta de nuestra casa descansando, o tomando el sol en el patio, el mejor amigo del hombre, el perro. Me parece que no existe un ser que haya sufrido más la humanización del mundo natural que el perro. Hace quince mil años una especie canis lupus es decir el lobo, comía los restos y los desechos que iban dejando a su paso un grupo humano, experto en la cacería y la recolección. Los lobos permanecían cercanos a los hombres comiendo de sus restos, fue hasta que ellos empezaron a tomar las crías más débiles de los lobos para domesticarlos y con el paso de los años crearon una nueva especie, los perros. Su domesticación fue tal que
para el año diez mil a. de C., existían de esta manera unas veinte razas, así como lo prueban las excavaciones (pekineses, perros de caza egipcios, etc.). Pero todos esos perros tan diferentes entre sí son lobos. Lobos que, tras haber sido neotenizados[1], olvidaron que eran lobos. Lobos sin embargo, por lo menos genéticamente (Dufour, 1999, p. 63).
Una prueba genética develará que los perros comparten 99% de sus genes con los lobos.
En conclusión, ¿qué hacemos con el mundo natural? Cambiarlo, hacerlo nuestro, transformarlo para así nosotros habitarlo incluso si esto implica negar o dañar la naturaleza. Esto no quiere decir que a diestra y siniestra acabemos con las especies del mundo y contaminemos todo, ni es una invitación a evadir el problema.
Los dos ejemplos que brindamos, las prácticas sexuales y amorosas promovidas y avaladas socialmente, y por otro lado, el devenir de los lobos en la especie canina, dejan ver que la naturalidad del hombre no existe ni recae necesariamente en un instinto. Las prácticas sexuales en cada época muestran ser invenciones culturales epocales. El deseo humano, que desea deseos para ser, incluye también un mundo humano constituido por deseos.
Solo si tenemos en cuenta la nula naturalidad del hombre quizá podríamos abordar problemas actuales como la contaminación, la clonación, la inteligencia artificial y otros temas de polémica actual de otro modo. Esto es una invitación a pensar problemas actuales más allá del discurso científico y técnico que parece tener respuesta para todo, pero que, en su punto nodal, la pregunta por el ser del hombre: ¿qué significa ser humano? Resulta imposible dar una respuesta concluyente.
[1] Dany-Robert Dufour trabaja el término neoteno para referirse al hombre en su condición de ser faltante, en su condición de evolución fallida.
Referencias
Dufour, Dany-Robert. (1999). Cartas sobre la naturaleza humana para uso de los sobrevivientes. Editorial Calmann-Lévy
Kojeve, Alexandre. (1982). La dialéctica del amo y del esclavo en Hegel. Buenos Aires: La Pléyade.
Tin, Louis-Georges. (2012). La invención de la cultura heterosexual. Buenos Aires: El cuenco de plata.
