Algo aceitoso con plumas duras

Las luces azules cubren mis piernas. Las mismas que corren, me sostienen, pese al miedo de perder mi libro. Las campanas suenan: es demasiado tarde

 

No sé qué me impulsó a invitar a Mels y a Melset a casa. Quizá sentí cierta simpatía por Melset, que es inválida, y por eso recibía casi a diario burlas de nuestros compañeros de clase, corriendo a su alrededor hasta aturdirla o tirando lejos de ella sus materiales escolares. Sí, tal vez fue eso. Recuerdo que platicábamos sobre cómo nos gustaba escuchar el trinar de los pájaros al salir de la escuela, aunque fueran artificiales. El Estado ama ver lo irracional y lo eterno, incluso en la naturaleza, una más de sus propiedades. 

 

Creo que Mels es del partido porque cuando vio la sala, le indignó que no hubiera ninguna imagen alusiva a la patria. Decía que es importante que muestres tu amor al Estado, camarada. Ellos saben medir la falta de devoción de su gente como los pájaros reconocer a quienes no son sus crías. 

 

En ese momento les pregunté, un tanto confundida, por qué aceptaron mi invitación, pues jamás convivían con nadie. Solo entre ellas, con los pájaros y los prefectos-guardas, pero no tuve respuesta. También quise saber por qué Melset, que no podía mover sus extremidades inferiores, se levantó de la silla de ruedas, estirando su columna y emitiendo un ruido grotesco. Con sus rodillas dobladas para atrás y sus piernas arqueadas, subió las escaleras relinchando.

 

Pensé que soñaba. Estaba atónita por lo que vi. Mi mente colapsaba, así como cuando las aves sangraban y no te dejaban las manos aceitosas al recogerlas del suelo. 

 

Mels, mirándome, soltó una carcajada que se repite en mi cabeza: “Melset se unió a la fiesta, a la fiesta, la fiesta, fiesta, fies…”. Con sus ojos amarillos, señaló mi pecho, pero no bajé mi mirada, únicamente me fui de ahí. Corrí lejos donde pudiera ocultarme de ellas. 

 

El viento refrescó mi rostro que se calentaba. Había recorrido una distancia que me pareció de siete horas cuando un escalofrío me invadió, y es que yo, Leonora, olvidé mis libros. El terror hace que la distancia se acorte; que el reloj condene. Regresé a la casa que me perteneció, a la sala escueta de imágenes patrióticas Traté de dirigirme al dormitorio, pero mis pies se arrastraban por las losetas que se teñían de sangre y hebras de ébano. Mis dedos recorrieron las paredes blancas que me asfixiaban, encarcelándome en ese laberinto. No sé cuánto tardé en llegar a la habitación. Minutos, horas, fracciones de segundos.    

Antes de gritar, me vi girando la manija de la puerta, y encima de aquella cama en que dormí tantas noches, presencié a Mels y Melset devorando, con sus bocas rojizas, a dos hombres que graznaban como aves, como cuervos. Angustiada, con las piernas temblorosas y mi respiración cerrándose sobre su propio pánico, agarré apenas un libro detrás de un compartimento oculto en el buró en el que instalé una pantalla de televisión: El ruiseñor y la rosa. Lo escogí al azar. Melset gritó, no, no te vayas. Ven y desgárrame. Recibí el primer golpe. Mels me dio una bofetada, y pronunció con desdén: ¡Ellos te encontrarán!. 

 

Al salir a la calle, la luna proyectaba una luz azul sintética. Me pareció incongruente que hacía unos minutos apenas era de día. Pero el tiempo se rige de diferente forma cuando sabes que morirás. Después te atrapa en un reflejo, te ahogas en graznido, y al delirar, sabes que has sido elegido.

 

El Estado lo deseó así. Quizá sabían que poseía obras profanas. Quizá, descubrieron que era real y breve, dictaminando que merecía la muerte. No era un ser eterno, como Mel, como Melset, o como los pájaros que no volvería a escuchar. 

 

Es demasiado tarde. El ruido de la patrulla, la bruma que vocifera, las campanadas, la gente que apunta. Pero no aminoro mi andar. Aprieto con más fuerza el libro, hasta sentir un dolor intenso en el pecho. Algo me atraviesa, algo aceitoso con plumas duras. El libro se desploma. Nunca más podré leer las letras ni ver la estampa del ruiseñor-real clavado en la rosa.

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