Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer

Un día desperté con la noticia de que no iríamos a la escuela una semana. Me alegré. Me alegré porque después del paro estudiantil tenía que hacer un examen de integrales que, según el profesor Lucio, ya debíamos saber porque en sus palabras: “en lugar de hacer lío por una disque educación de calidad, ustedes deberían de darse esa calidad y estudiar arduamente”. Él era de esos típicos profesores de ingeniería que cuando no podías resolver algún problema matemático te respondía burlonamente “si no puedes con la ingeniería vete, ahí está administración”. Claramente yo no estudié en el paro, me la pasaba todo el día en CU acompañando las guardias de los compañeros de la Facultad de Ingeniería Química.

Esta suspensión de “una semana” se debía a un virus procedente de algún país lejano que llevaba sonando desde ya varios meses atrás. Al inicio sentí alivio porque pensé, con un poco de suerte, a Lucio se le van los tiempos con su maestría y no nos hace examen y así tengo la excusa de hablarle a Juan (que es el chico más listo de la clase) para pedir ayuda y claro, de paso y sólo si sobra tiempo, estudiar los métodos de integración. Todo era risa y disfrute, me la pasaba viendo series en casa con mis padres y hermanos, me daba tiempo de hacer todo lo que no podía habitualmente como cocinar recetas de YouTube, hacer las rutinas de GymVirtual y cosas que normalmente no hago pero quería jugarle a la #aprovechandolacuarentena que todos posteaban en las redes sociales.

Los meses pasaron y me di cuenta de que yo no sabía convivir conmigo misma, nunca en los 19 años que tenía en ese entonces había tenido tanto tiempo libre y mucho menos me dedicaba tiempo de calidad. Las mañanas se me hacían tan largas y las tardes aún peor, dejé de cocinar y de hacer ejercicio, cada vez me empezaba a preocupar la situación de la pandemia y también dejé de hablarle a mis amigos, era como un ser invisible que todo lo veía en Instagram, pero nunca nadie sabía de él. Supongo que fue la llamada “depresión de pandemia” y digo supongo porque sinceramente nunca acudí a un terapeuta como muchos de mis amigos sí hicieron, no recuerdo en qué mes fue exactamente pero alguien me dijo: “el dolor que sientes hoy, no será para siempre”, es una frase muy sencilla pero que a su vez, me parece poderosa, comencé a salir a correr de nuevo, empecé a videollamar con todos mis amigos otra vez y sobre todo, volví a escuchar música. Ya no me gustaba encender Spotify porque todas las canciones me recordaban a una situación específica de mi vida, me recordaban las fiestas en Beirut con mis amigos, incluso las veces que romanceaba en el lago de CU, si escuchaba algo de Ska me ponía triste porque me recordaba que no habría campañas de alfabetización en quién sabe cuánto tiempo. Detestaba escuchar música porque me recordaba que la pandemia me había arrebatado la vida que tanto amaba.

Ahora que estamos en la nueva normalidad escucho más artistas que antes, veo mas seguido a mis amigos y sigo pasando tiempo de calidad con mi familia. Ya no existe Juan, fue cambiado por un ex físico que me puede explicar todas las dimensiones que existen, no se si Lucio siga en la FIQ, ojalá no porque era un pésimo profesor de cálculo II y la verdad nunca aprendí a integrar.

También entendí que, del mismo dolor, vendrá un nuevo amanecer.

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