Cronos nos devora en la era industrializada

Después de una jornada agotadora de diez horas delante de un monitor, el reloj que se encontraba en la pared de enfrente justo arriba del pizarrón en donde, además de avisos, colgaba la fotografía del rostro mal encarado del empleado del mes, acompañada con la frase “motivadora”: felicidades por ponerte la camiseta y entregar tu tiempo y esfuerzo para alcanzar las metas de la empresa. Finalmente, en aquél reloj de la pared de enfrente, daban las seis de la tarde en punto, anunciándose con ello la hora de salida.

Toño se levantó deprisa, acomodó su escritorio, apagó la computadora, se despidió de los compañeros y se dispuso a salir con paso veloz, pues, retardarse o ser el último en la fila del checador le harían perder minutos valiosos que marcaban la diferencia entre hacerse una o dos horas de camino a casa. Cuando logró salir del edificio, se dirigió hacia la base del autobús que estaba a tres cuadras de su trabajo y, al llegar ahí, se percató que el tamaño de la fila para abordar era muy grande y subirse le llevaría, mínimo, entre veinte y treinta minutos, lo que lo hizo resignarse y aceptar que su trayecto a casa sería, efectivamente, de dos horas.

Cuando por fin estaba a dos personas de abordar, su teléfono comenzó a vibrar entre sus ropas, lo sacó de prisa, lo desbloqueó y vio que se trataba de un mensaje de su esposa en donde le pedía que, al salir del trabajo, por favor pasara por la leche del niño, pues, esta se había terminado. Cansado y estresado, no le quedó de otra que salirse de la fila y regresar las tres cuadras que ya había caminado, pues la farmacia más cercana estaba justo enfrente de su edificio de trabajo.

Al entrar a la farmacia, se dirigió de prisa a la sección en donde se encontraba aquello que se le había pedido, pero, al llegar ahí y estar delante de aquel pequeño bote de leche, que les duraría, seguramente, apenas una semana, no pudo evitar tragar saliva amarga, agachar la mirada, dar de vueltas en círculo tratando de buscar algo que le ayudara a evitar la realidad de que, efectivamente, el precio se había elevado por las nubes. Finalmente, después de un par de minutos, suspiró, tomó el pequeño bote y se dirigió a entregar lo poco que, con tantas horas de trabajo, había ganado.

Después de tres horas y media, por fin, Toño logró llegar a casa, se sentía agotado, frustrado y estresado, apenas si podía poner atención a lo que su esposa le decía, y lo único en lo que podía pensar era en cenar algo rápido e ir a descansar o a distraerse viendo videos o redes sociales. Después de haberse relajado un poco a través de deslizar y dar “me gusta” a un sinfín de historias de Instagram, las cuales le hacían anhelar ese estado de felicidad perpetuo que parecían tener cada una de esas personas con vidas idílicas, se dispuso a levantarse del sillón para ir a despedirse de su hijo y esposa e irse a dormir.

Cuando finalmente estaba a punto de apagar la pantalla del teléfono, alcanzó a visualizar de reojo un anuncio publicitario que le mostraba extrañamente aquella moto que desde hacía tiempo había estado deseando comprar y, aunque constantemente sólo había hablado de ella con su esposa y amigos y, si acaso, en una que otra conversación de WhatsApp, no podía explicarse cómo exactamente aquella moto había aparecido ahí si nunca la había buscado directamente en su móvil, parecía como si alguien le hubiera “adivinado” el pensamiento y sus deseos. En fin, ahora en lo único que podía pensar era en cómo podía comprarla.

Toño pensó que, si pudiera comprar esa moto el camino de ida al trabajo y el camino de vuelta a casa sería mucho más rápido, podría tener un poco más de tiempo libre para él y tal vez para su familia. Estaba pensado en estas cosas cuando de la nada, un poco más abajo de la imagen de la moto, vio un anuncio publicitario más, el cual parecía tener la respuesta a todas sus dudas. El anuncio era de la plataforma de Uber Eats, el cual decía: ¿Necesitas dinero extra? Si tienes una moto, hazte nuestro socio repartidor y gana dinero en tu tiempo libre, ¡Sé tu propio jefe! Entonces, Toño suspiró como si supiera qué era lo que tenía que hacer al día siguiente. Así, por fin se fue a despedir de su familia y se metió a la cama.

Al otro día, en su horario de comida, Toño se dirigió a la tienda departamental de color amarillo a la que aquel anuncio publicitario pertenecía, y, rogando que no le fueran a hacer mucho caso a su historial crediticio, rezó para que le otorgaran ese nuevo crédito para la moto, el cual tendría que terminar de pagar en 24 meses con ¡claro que sí!, demasiados intereses. Pero, si su plan resultaba, sabía, según él, que en cuanto se registrara en aquella aplicación que lo convertiría en socio repartidor, con lo que ganara a través de esa nueva fuente de ingresos, prácticamente la moto, se pagaría sola y le sobraría hasta para el bote de leche de su hijo.

Para su sorpresa, aquel crédito, finalmente, le fue otorgado. Atónito de la emoción, Toño no sabía cómo agradecer a aquellas enormes tiendas departamentales que, sin saber quién era él, le daba a través de ese negocio, la “noble” oportunidad de hacerse con un bien que, además de ayudarle a generar ingresos, le cumplía el sueño de tener aquel objeto que tanto había deseado.

En cuanto pudo salir con la moto, se apresuró a registrarse en la aplicación, compró su casco y su enorme mochila cuadrada, que, aunque tendría que dársela la empresa como herramienta de trabajo, ésta le decía que en tanto no era su empleado sino su socio, entonces tenía él que pagar por ella, algo que, entre su estado de felicidad y euforia, a Toño le hizo algo de sentido.

Por fin, llegó la primera noche de repartidor. Después del trabajo de oficina se dirigió emocionado hacia las afueras de la plaza comercial, pues había leído en redes que el mejor lugar para que te cayeran pedidos era estar cerca de esos lugares, pero, al llegar ahí, se percató de una enorme fila de motos que también aguardaban por un pedido.

Toño se dio cuenta de que todas las motos se parecían a la suya, pero sus conductores, a diferencia de él, no reflejaban emoción en sus rostros, más bien, estos parecían demacrados y estresados, como si algo poco a poco les hubiera ido robando la juventud y las ganas de vivir, como si no fueran libres, como si aquello que hacían no fuera lo que ellos habían esperado, un trabajo fácil, el cual sólo les tomaría un par de horas al día hacerlo para tener suficientes ganancias, al contrario, parecía como si aquella aplicación fuera un grillete moderno que los ataba a aquella moto y que, en cuanto sonaba el timbre de la aplicación que anunciaba la caída de un pedido, tenían que apresurarse a atender el llamado, como si tuvieran que servir a algún amo, quien al no recibir su comida en el tiempo deseado o recibirla fría, esto bastaría para que no fuera pagada, no les dieran propina o, en el peor de los casos, se la arrojaran en la cara.

Toño no lo sabía del todo, pero había entrado a engrosar las filas del nuevo trabajo digital, aquel que prometió alguna vez que a través del uso de la técnica y la digitalización de los procesos le daría al hombre moderno más tiempo personal para su vida; sin embargo, ahora, el tiempo se volvería su peor enemigo y tendría que dejarse devorar por él. Tenía que hacer demasiadas entregas en poco tiempo si quería sacar al menos para el tanque de gasolina de la semana, tenía que correr contra reloj, arriesgando la vida arriba de aquella máquina que lo exponía demasiado a un accidente o a ser asaltado en las colonias más peligrosas en altas horas de la noche, pero, si quería que todo funcionara, no tenía elección, debía hacerlo, pues tenía una familia que mantener y ahora también una deuda.

Finalmente sonó el timbre de su aplicación, se bajó de la moto y se dirigió a la tienda a recoger aquellas papas fritas que llevaría a alguna colonia lejana y desconocida, esperó diez minutos por ellas, las recibió, regresó a toda prisa a su moto, se colocó aquella enorme mochila en su espalda y avisó por la aplicación que ya se encontraba en camino al punto de entrega. Encendió su moto, se colocó su casco y, sin saberlo, se dirigió directo a las fauces del tiempo que poco a poco terminaría por devorarlo.

Con esta pequeña historia basada en la realidad y un poco de imaginación, queremos ilustrar la idea de que en este momento histórico neoliberal-capitalista en el que nos ha tocado vivir, la idea del tiempo puede leerse claramente desde la imagen mitológica de Cronos devorando a sus hijos. Pues si algo ha hecho, sin duda, este sistema que mide el valor humano a través del valor económico y la producción es someternos a la gran presión del tiempo que termina por consumir cada momento y aspecto de nuestra vida.

Esto se puede ver claramente en el ámbito laboral, en donde cada vez más se requiere de la disposición entera de nuestro tiempo, incluso del poco tiempo que nos queda de nuestra vida privada, ya que el tiempo libre, el esparcimiento y el ocio vistos desde la mirada de la productividad hoy podrían ser juzgados como actos reprobables si estos no se justifican desde la misma lógica de mercado. Con esto último, nos referimos a que si nos llega a quedar algo de tiempo para nosotros será bien visto si al final este se invierte, sobre todo, en el entretenimiento y esparcimiento que el mismo sistema impone.

Ahora bien, ante esta situación que parece desalentadora nos surge la siguiente pregunta, ¿cuál es la lógica operante de este sistema que se asemeja a Cronos devorándonos todos los días? Herbert Marcuse, filósofo de la Escuela de Frankfurt, en su obra: El hombre unidimensional, nos explica cómo se han establecido estas nuevas formas de control, en donde el aparato de estado y el sector privado se han unido para implantarnos este sistema que nos devora todo el tiempo. En el primer capítulo, llamado: Las nuevas formas de control, el filósofo lanza las siguientes cuestiones:

¿Qué podría ser realmente más racional que la suspensión de la individualidad en el proceso de mecanización de actuaciones socialmente necesarias, aunque dolorosas; que la concentración de empresas individuales en corporaciones más eficaces y productivas; que la regulación de la libre competencia entre sujetos económicos desigualmente provistos; que la reducción de prerrogativas y soberanías nacionales que impiden la organización internacional de los recursos? (Marcuse, 1968, p.31)

A través de estas cuestiones lo que Marcuse busca es poner de manifiesto la racionalidad operante que está detrás de la implantación del sistema económico neoliberal industrializado, el cual le ha quitado al ser humano su verdadera libertad. Y es que, ¿qué podría ser mejor para una racionalidad industrial que buscar incrementar de manera infinita y a pasos acelerados el capital de sus grandes industrias a costa de arrebatarle la individualidad y libertad al ser humano?

Este ha sido el movimiento que desde el poder de los grandes capitales que mueven los hilos de la sociedad han hecho a partir de su posición privilegiada, arrebatar la libertad individual y encaminar a toda la sociedad en una sola dimensión. Ahora, la libertad que anteriormente reflejaba la esencia de la humanidad en el sentido de que a través de ella se expresaba una auténtica subjetividad, tal libertad ha sido tomada y redireccionada hacia la producción y el sustento del modelo económico neoliberal a través de una producción incesante que termina por consumir la propia vida del ser humano y todo recurso natural disponible.

Marcuse nos dice claramente que si el ser humano pudiera escapar de esta racionalidad económica basada en la producción, sería capaz de recuperar su autonomía, haciendo que su vida se volviera propia. Al respecto menciona:

Si el individuo no estuviera aún obligado a probarse a sí mismo en el mercado, como sujeto económico libre, la desaparición de esta clase de libertad sería uno de los mayores logros de la civilización […] el individuo se liberaría de las necesidades y posibilidades extrañas que le impone el mundo del trabajo. […] tendría libertad para ejercer la autonomía sobre una vida que sería la suya propia. (1968, p. 32)

Al contrario de esta posibilidad, lo que han hecho con esta sociedad industrializada, es configurarle un nuevo modelo de libertad, ajustado a las necesidades que el modelo económico necesita para seguir reproduciéndose. En este sentido, la sociedad industrializada no necesita de libertades que le brinden la oportunidad de dirigirse hacia sus anhelos y aspiraciones, sino de libertades económicas, políticas e intelectuales bien definidas dentro del mismo sistema.

En este punto, vale la pena decir que la libertad que se nos ha ido quitando es el tiempo de vida efectiva, en donde podemos expresar netamente nuestro espíritu humano, donde podemos ser nosotros mismos con un sentido de vida propio que nos haga sentirnos realizados, es la libertad en la que el tiempo no pasa, ya que se detiene en virtud del goce y el disfrute de la vida.

Sin embargo, la libertad a la que hemos sido entregados en este sistema, es el reflejo de Cronos devorándonos, pues nos devora el tiempo del trabajo. Sentimos que el reloj no avanza, nos entregamos a labores que no nos representan humanamente, el cansancio que pesa sobre el cuerpo después de largas jornadas nos enferma de estrés y nos mata. Asimismo, el tiempo libre ha sido secuestrado para devorarnos, se nos impone la distracción y el ocio desde la lógica del consumo, la publicidad nos arrastra a los centros comerciales, a las tiendas virtuales, a estilos de vidas idílicos, viajes, moda, comida, cuerpos fitness y estilizados. Ahora, todo esto es el centro de atención de nuestro tiempo de vida que Cronos poco a poco devora.

 

Referencias

Marcuse, H. (1968). El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. México: Ariel.

 

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