Las jugadoras del cuaderno y la tijera
Yo estaba estudiando en el colegio. No me acuerdo en qué grado, sexto… o séptimo. Yo tenía una amiga que era muy loca, Sor Milena Cartagena; ella llegó una vez diciendo que sabía un juego pa comunicarnos con la gente muerta o con gente de lejos, para preguntarle cosas al espíritu. Entonces, esperamos a que salieran al descanso y nos fuimos pal baño, ella, otra compañerita y yo; ella llevó un cuaderno, de esos argollados, y empezó así: donde diera el dedo, ahí era la mitad del cuaderno y también llevo una tijerita, de esas pequeñitas que se arman y se desdoblan, de esas chiquitas con las que uno se corta los pelos de la nariz, y la puso en la mitad.
Entonces uno empezaba, decía «Bueno pregunte algo y, según lo que le pregunte, él le va a contestar: sí, se mueve para acá; y no, se mueve para acá».
Uno ponía el dedo de uno y el dedo de ella; entonces, yo empecé, en ese tiempo a mí me gustaba Wilmar, un muchacho que mataron ya, lo mataron en el Ejército siendo coronel, entonces yo preguntaba «Ay… ¿Wilmar me quiere?», y eso empezaba a girar ¡fu! Y preguntábamos y preguntábamos, y hubo un momento en el que yo me desmayé y tuvieron que salir corriendo a llamar a la profesora.
Teníamos una profesora que sabía mucho de esas cosas, entonces ella me hizo la señal de la Santa Cruz al revés, ¡casi no me recuperan!, como que ese espíritu o algún otro espíritu se me estaba metiendo. Y eso fue suficiente para hacer un montón de campañas en el colegio de no hacer eso.
No sé cómo se llama ese juego, era de preguntarle a los espíritus y eso me pasó, y yo quedé como tonta, no me acordé de nada más. Me desmayé y me llevaron a la rectoría y me hicieron todo eso y… casi que no me devuelven.
Muñeco al San José
El más grande, constructor en medio país del centro hacia arriba, en casa de la hermana por compromiso el corazón, sufrimos de eso los mordidos por rabia, acabada la cena y los dos hermanos y un sobrino reunidos, el esposo de la dicha acostando sus kilos de ensamblaje en programa. Le sonsacaron, además del amor declarado por abuelo, crespa, de botas, la marimacha ahogada por él en una poceta, los calambres finales Dios mío y Virgen, el muñeco.
Se lo robó a la mujer de un cliente, más un libro de secretos. Aprovechó que tomaban y se fue a otro pueblo, a donde la bruja lo siguió hasta encontrarlo en una fonda: sentose frente a él, despachó a los acompañantes y le pidió el libro; con el muñeco se podía quedar. «¿Y cómo era ese muñeco?», pregunta la tía. Él se lleva los brazos en equis al pecho, estira las piernas y agrega el traje negro, la tumba en la cual dormía y me pareció abrirle una sonrisa, los ojos cerrados: andaba con él a donde fuese, claro que eso en general no pasa de una muda.
Por ese entonces iba en bus al Tolima y en un retén los bajaron. El tío llevaba, si no una navaja, un revólver en el bolso, parte del equipaje en su haber siglo XX, y a varios hombres, viendo al San José, calmo entre pedruscos, realce solariego en fines de vida, los ordenaron en fila. Cargaron el arma —me faltó preguntarle caliente— y disparó de una en una las cabezas; el tío, antes de que le llegara, sacó el muñeco de la camisa y lo tiró al Santo: el arma siguió con él pegado a su hombre: lo dejó libre de bala. «Canjeó el muñeco», resuelve mi padre, y el tío confirma, acomodándose en la silla, tomando el pocillo por la oreja.
