Las calles a medianoche no son tan solitarias como la gente cree, si bien hay pocos carros corriendo en la carretera, si buscas en los lugares correctos siempre podrás encontrar actividad, una vida rica y estrafalaria, ruidosa, hipnotizante y embriagadora. Esta tiembla, se tambalea, te seduce y te lleva a un nuevo mundo de olores, colores, sonidos y deliciosas o pecaminosas nuevas sensaciones.
Era una fría noche de otoño, una muchacha vestida con un exquisito vestido rojo caminaba bajo las hipnotizantes luces de colores en un barrio ruidoso. A lo alto, la luna llena iluminaba con vehemencia aquel lugar lleno de eufóricas y excitantes situaciones.
La chica avanzaba con tranquilidad y cansancio, había salido tarde de una alocada fiesta y lo único que deseaba era llegar a casa a descansar. Poco a poco se fue alejando de todo el ruido y aquellos colores para adentrarse en la oscuridad de la noche.
Comenzó a caminar por la solitaria avenida, un par de autos pasaban por ahí pero no eran tantos como los que solían moverse durante el día. Pasó junto a un callejón y sintió un escalofrío, pareciera como si algo tuviera sus ojos clavados sobre su espalda, giró el cuello para confirmar sus sospechas, sin embargo, no halló nada. Continuó caminando mientras sentía una opresión en el pecho, aquel sentimiento de que alguien la observaba iba creciendo poco a poco. Nuevamente se detuvo a unas cuadras de su primer alto, volteó a ver la vitrina de la tienda de moda frente a la que estaba y su corazón dio un salto cuando pudo ver en el reflejo de esta la sombra de una persona que la acechaba del otro lado de la vereda.
La chica se volteó asustada pero grande fue su sorpresa al ver que ella era la única que rondaba por esas calles. Siguió su camino con paso presuroso y apretó más a su cuerpo la chaqueta que llevaba puesta en un intento por alejar el miedo y el frío. Saltó asustada al escuchar las risotadas que daban unas personas, pero se relajó al darse cuenta de que sólo se trataba de una pareja que reía alegremente en la parada de autobús mientras compartían un cigarro. La mujer se detuvo unos instantes a observarlos, su presencia la hizo sentir segura por unos segundos hasta que ambos voltearon a verla, haciendo que se llevara un gran susto. Sus rostros eran humanoides, pálidos y esqueléticos y sus ojos rojos brillaban con la misma intensidad que la colilla del cigarro.
Asustada por esto, la mujer salió corriendo despavorida. No sabía si lo que había presenciado era cierto, falso o algún truco que le había jugado su mente, fuera lo que fuera, no quería averiguarlo. Luego de tanto correr se detuvo exhausta, observó las calles desiertas con paranoia y se sintió aliviada al ver que nadie la seguía.
Continuó caminando, esta vez con más tranquilidad, pero manteniéndose alerta como siempre, giraba la cabeza cada tanto para ver si alguien la seguía o la observaba. Pasó cerca de un oscuro y abandonado callejón, el nauseabundo olor a causa de las bolsas de basura que ahí habitaban escapaba del lugar y se impregnaba en los alrededores, cosa que la hizo detenerse para ahogar una arcada a causa del asco originado por el repugnante olor. El ruido del plástico moviéndose dentro del callejón causó que la chica gritara con fuerza y retrocediera en su andar.
Intentó abandonar el lugar pero fue retenida por una mano, al darse la vuelta se encontró frente a un viejo hombre que le sonrió mostrándole sus pútridos y amarillentos dientes. La muchacha gritó con tanta fuerza como le fue posible y salió despavorida mientras escuchaba los pasos de aquel vagabundo que con tanta insistencia la perseguía. No se detuvo ni por un instante e internamente le rezaba y le suplicaba a Dios, a los ángeles, arcángeles, santos y al universo porque la dejaran llegar a su casa en paz y con vida.
La chica finalmente llegó a su tan ansiado hogar, cerró la puerta detrás de ella y no tardó ni dos segundos en colocar todas las cerraduras y cerrojos en la puerta. Se alejó de ahí con paso tembloroso y se dejó caer con pesadez en uno de los sillones del recibidor. Lágrimas saladas corrían por su rostro, su corazón latía con tal fuerza a causa del miedo que podía jurar que cualquiera que se acercara podría oír el ruido del tambor en su pecho, su cuerpo temblaba y su respiración era irregular. Cerró los ojos en un intento por relajarse pero los abrió abruptamente en el momento en que sintió cómo algo acariciaba suavemente sus pies, esto hizo que nuevamente saltara y gritara como maniática pero se tranquilizó al ver a aquel felino de ojos amarillos a quien tenía por compañero. Esto la hizo sentir más aliviada, pero no evitó que maldijera al animal por haberle causado tal susto.
El gato la observó con intensidad, parecía no haberle importado en lo más mínimo el haber alterado a su dueña de ese modo, él simplemente se dedicó a observarla para luego maullar y escabullirse hasta la cocina demandando ser alimentado. La mujer lo siguió ya acostumbrada a la frialdad del animal, encendió la luz, tomó la bolsa con croquetas y las sirvió en el plato de metal donde el minino esperaba pacientemente a que lo alimentara. La chica acarició el suave pelaje de este antes de apagar la luz y abandonar la habitación.
Subió las escaleras con cansancio y pesadez, se encontraba sumamente exhausta por la ajetreada noche que había tenido. Se dirigió en silencio hasta su cuarto y no se sintió realmente segura hasta que no estuvo dentro. No encendió las luces pues no lo necesitaba ya que conocía el lugar como la palma de su mano, se acercó al armario y sacó su pijama, se dirigió al baño y se encerró en este. Con cuidado desmaquilló y lavó su rostro, cepilló sus dientes; se deshizo de las carnavalescas telas con las que vestía y las cambió por su suave y cómoda pijama. Para cuando había terminado su rutina, la agitación de la noche parecía sólo una mala y difusa pesadilla la cual estaba segura que sería eliminada completamente de su memoria apenas pusiera su cabeza sobre la suave almohada de plumas y aquel mullido colchón que la esperaban en su cálida habitación.
Salió del baño y se dirigió a la cama, quitó las sábanas y se adentró en estas pero saltó espantada al sentirlas húmedas y pegajosas. Encendió la lámpara que estaba junto a su cama y un agudo grito salió desde lo más profundo de su garganta debido a la espantosa escena frente a la que se hallaba. Acostado en la cama había un cuerpo descuartizado, pero no se trataba de cualquier persona, sino que era ella misma quien yacía ahí acostada, con una expresión de terror plasmada en el rostro, la piel pálida, los ojos abiertos y vacíos y un río de sangre que había pintado el blanco lienzo que alguna vez fue su colchón.
Cuando las luces del cuarto se encendieron, ya no había rastro de nada. Ni manchas de sangre, ni cuerpo. La única que se encontraba ahí era ella, quien lloraba desconsoladamente por lo que acababa de suceder. Corrió hasta la puerta de su habitación queriendo huir de ahí, pero al abrirla lo único que encontró fue a aquel monstruoso cadáver que la observaba con amargo dolor y sufrimiento. La chica se quedó inmóvil a causa del miedo, un gruñido gutural escapó de la garganta de la difunta y, acompañado de este, una densa niebla blanca.
La muchacha cerró los ojos esperando su muerte pero al abrirlos se dio cuenta que en realidad se encontraba en la discoteca, rodeada por embriagantes humos, gente bailando, cantando, riendo, tomando y fumando. Aterrada ante el espectáculo causado por las alucinaciones debido al consumo de las drogas, la chica del vestido rojo decidió irse a casa sin saber que las calles a medianoche pueden ser un presagio de muerte.
