Recuerdo que era un viernes por la noche cuando sonó el teléfono, era ella como cada noche.
– ¡Hola¡ ¿cómo estás?
-Bien, el día ha sido muy ajetreado y aun sigo en la oficina, quería despejarme un momento escuchando tu voz antes de continuar con el trabajo e ir a casa.
La plática se alargó por 30 minutos, y de pronto, ella interrumpió el diálogo, había escuchado ruido en el pasillo.
-¿Quién está allí?, permíteme, no me cuelgues, es el vigilante que ha de estar dando su rondín.
-Ok. No te preocupes sigo al teléfono.
Tras la bocina se escuchó que dijo en voz alta -Hola, aun seguiré trabajando por un rato más, al salir apagaré la luz y le avisaré.
Después de escucharla regresó al teléfono.
-No respondió el vigilante, ha de haberse retirado al escuchar lo que le dije.
Al cabo de unos minutos se escuchó tras la bocina unos ruidos.
-Permíteme, no cuelgues la llamada, saldré al pasillo a reiterarle al vigilante lo que ya dije.
-De acuerdo me mantendré al teléfono.
-¡Hola!, Señor Pedro, ¿Señor Pedro está ahí?, ¿Quién eres?, ¿Y el Señor Pedro? Ay Jesús…
-¿Qué sucede?- pregunté.
-Hay un niño aquí, entró a uno de los cubículos, ha de ser hijo de algún empleado que aún siga en el edificio, qué raro. Volveré a mí oficina.
De pronto mi cuerpo se estremeció al escucharla gritar.
-Dios mío el niño es un fantasma, salió corriendo del cubículo y entró a otro y se escucha que se ríe y juega con una pelota. No hay nadie en el edificio, todo está apagado.
-Sal del edificio deprisa- le dije.
-Siiiii, señor Pedroooo, ayudaaaa, Dios mío…
La risa del niño se comenzó a escuchar a través de la bocina, seguido de los sonidos de una pelota y las pisadas de su correr. Los gritos, los pasos apresurados, la agitación, el llanto de ella hizo que sintiera un escalofrío que recorría mi cuerpo desde los pies hasta el último cabello de la cabeza. Con voz estremecedora le pregunté:
-¿Qué pasa?, ¿Has logrado salir? ¡Contéstame!
De pronto, escuché una conversación:
-¿Qué pasa?, ¿Qué le sucede?
-Hay un fantasma en el edificio, es un niño que apareció de repente jugando y corriendo de un cubículo a otro. ¡Ay que horror, Dios mío! Al principio pensé que era usted quien estaba en los pasillos pero al salir vi al niño en la oscuridad con esa risa escalofriante.
-Cálmese por favor, no hay nadie en el edificio, todos los empleados han salido desde hace más de una ahora solo usted y yo nos encontramos aquí. Espéreme, mientras entro a revisar y le traigo sus pertenencias- respondió el señor Pedro.
Después de unos momentos, continuó su conversación.
-Señorita, no hay nadie en el edificio y no se escucha nada. Todo está en silencio como siempre a estas horas, váyase a descansar, mañana será otro día, tal vez por el cansancio y estrés del trabajo que tuvo hoy se imaginó todo.
Supe que al día siguiente, ya tranquila y descansada, ella se presentó a trabajar. Por la mañana vio a la señora de la limpieza y le contó lo sucedió.
-Ay señorita, pudo haber sido lo que el vigilante le comentó, pero recuerde que los abuelos han dicho que las personas después de muertos vienen a recoger sus pasos, pero algunos se van y otros se quedan.
Por la tarde de ese día, ella ya se había olvidado de lo sucedido en la noche anterior. Estando en sus actividades dentro de la oficina se dispuso a ir a la recepción, al dirigirse a las escaleras sintió un ligero y extraño movimiento sobre su cuerpo, inesperadamente cayó por las escaleras. Su rodilla se había dislocado por el golpe, el miedo se apoderó de ella y el fantasma del niño vino a su mente de nuevo.
¿Acaso había sido él?, ¿Quién fue ese niño? ¿Por qué la había lastimado?, ¿Aun sigue ahí o ha cruzado el portal? Esas y otras interrogantes la torturarían por largo tiempo, pues ella nunca regresó a ese lugar.
