En los recovecos de la mente, la memoria danza,
tejiendo hilos de ayeres en la vastedad del alma.
Susurra el eco de días ya idos,
un río de momentos que en el tiempo se han perdido.
En el crisol del recuerdo, el pasado se revela,
un lienzo de experiencias que el corazón sella.
Cautivas en la memoria, las risas y lamentos,
son tesoros del ayer, eternos fundamentos.
Pero en el horizonte, el futuro se despliega,
un lienzo en blanco que la esperanza entrega.
El tiempo, como un viajero incansable,
teje destinos en el tapiz inmutable.
En cada paso hacia lo que aún no es,
la memoria se convierte en brújula y luz.
Las lecciones del pasado, faros que guían,
hacia un mañana que en sueños se ansía.
Aunque el ayer sea un suspiro en la bruma,
y el futuro una promesa aún sin espuma,
en el presente se entrelazan ambos,
como danza cósmica de destinos nobles.
Así, en el crisol del tiempo que avanza,
la memoria y el futuro bailan su danza.
Que en cada recuerdo florezca la sabiduría,
y en cada paso, el mañana sea poesía.
