En mis años de niñez, el troje de mi abuelo fue uno de los mejores escenarios y espacios para echar a volar nuestra imaginación junto a mis vecinos “el ganadito”, “Chais”, “Alitas”, “Tomatito”, y demás loquillos. Tomábamos por asalto este punto estratégico que en sus entrañas resguardaba el alimento, las semillas, el futuro y la vida de toda una familia.
Esa fortificación hecha de madera, piedra y tejas, se transformaba en una muralla de acero, indestructible ante el ataque de los poderosos impactos de las mejores municiones de higuerillas*. La fuerza del impacto era descomunal, se contaban con los mejores brazos de la región y los hules** de última generación. Jamás hubo bajas, pero si varios ojos y cachetes hinchados.
En fin, el troje del abuelo y la abuela fue un inmenso campo para la infancia y las mentes inquietas, un espacio mágico, acogedor y protector. Cuidaba a muchos niños e infinitas mazorcas de maíz, granos amarillos que brillaban como el mismo oro, semillas que un futuro no muy lejano se convirtieron en verdes y vigorosas matas, así como hombres de cabal palabra y manos trabajadoras.
*La higuerilla es una planta oleaginosa que presenta capacidad de adaptación y actualmente es cultivada prácticamente en todas las regiones tropicales y subtropicales del mundo incluyendo México.
** Así se le conoce a la resortera en la región de la Meseta Comiteca Tojolabal en Chiapas.
