Soy la persona que acompaña a Alfonso, un niño de cinco años, en sus clases de tercer grado de preescolar. Desde la suspensión de clases presenciales le he acompañado casi la mayoría del tiempo, pues para su madre ha sido muy difícil acompañarle en todas las actividades solicitadas por la escuela debido a que las condiciones de su trabajo han cambiado pues, aunque durante algunos meses pudo trabajar desde casa, su jornada laboral aumentó 16 horas a la semana, lo que significa dos horas diarias más y medio turno los fines de semana. Sumado a esto, y como a muchas personas les ha pasado, el aumento de su jornada y responsabilidades no ha significado ningún aumento salarial, incluso éste ha sido retraso con la única disculpa de “estamos en pandemia, son tiempos difíciles para todos”.
Alfonso va a una escuela privada que cuenta con maternal, preescolar y primaria hasta cuarto grado. Es una escuela pequeña, en marzo pasado asistían casi cien estudiantes, pero ahora apenas llega a 60. La dinámica inicial consistió en que la maestra enviaba una serie de actividades para realizar durante 3 semanas, las evidencias de éstas podrían ser fotografías, audios o videos que le enviaríamos diariamente por whatsapp antes de mediodía. Hicimos un horario y durante varias semanas, hasta el final del ciclo escolar, pudimos mantener una rutina más o menos estable, después del desayuno siempre hacíamos tarea, al terminarla podía ver la tele o jugar.
Hacer las tareas no fue fácil. Hubo tareas en las que yo sufría tanto como Alfonso porque eran tediosas, monótonas y no tenían ningún sentido como hacer planas y planas de vocales o de su nombre, todo siempre con letra redonda que no debía salirse del margen. Más de una vez lloramos porque la hoja era muy grande y por más que escribía no se llenaba. Otros días, lo confieso, hicimos trampa y yo pasaba mi lápiz primero y luego él lo hacía sobre mis trazos para que la letra quedara dentro de los cuadritos como había indicado la maestra, o nos brincábamos una línea para no hacer tantas.
Aunque también hubo tareas en las que nos divertimos mucho, como una en la que usamos cajitas vacías de cerillos y medicina para hacer una casa, o cuando tuvimos que hacer las letras de su nombre en grande para que las pintara con sus dedos, o cuando hicimos letras en el suelo.
Durante las últimas semanas del ciclo escolar hubo algunos encuentros a través de video llamadas con todo el grupo de niños y su maestra y, aunque no fueron muy exitosos debido a nuestra inexperiencia al manejar dichas plataformas, por unos minutos las niñas y niños del grupo pudieron verse de nuevo, saludarse, escuchar la voz de otros niños.
Un día de esos, Alfonso me contaba que quería volver a ver sus amigos y a jugar en la resbaladilla de la escuela, que ya quería que se acabara el coronavirus. No supe qué decirle, y se me ocurrió que escribiéramos los nombres de sus amigos en el suelo con un gis, muy seguro comenzó a dictarme -Lalito, Lucy, Vane, Natalia…- luego se detuvo y sorprendido me dijo: -Ya no me acuerdo quien falta.
El ciclo escolar terminó y en la casa se puso sobre la mesa la pregunta, las preguntas, ¿Alfonso sigue en la escuela o ya no? ¿ha aprendido lo que debería o mejor esperar a que haya clases presenciales? Las colegiaturas se mantuvieron igual junto con las cuotas de limpieza y otras extras. El inicio de ciclo escolar suponía un ajuste, en aumento obviamente, a todos esos los pagos más inscripción, seguro de estudiante, un paquete de 6 libros y útiles, un total de más de cinco mil pesos para cubrirse a más tardar durante el primer mes de clases. Esto, nos hizo considerar también cambiar de escuela, pero nos detuvieron dos cosas, la primera es que ninguna escuela pública cercana aceptaba nuevos ingresos sin pre inscripción y luego, pensamos que si ya eran difíciles para Alfonso las clases en esta modalidad tal vez lo serían más todavía si cambiaba de maestra y compañeros.
Así que decidimos que continuara igual, y aunque al inicio la escuela fue firme con los plazos y costos, al final accedieron ampliar el límite de pago y aceptaron que se hiciera en más de una exhibición. Ha sido difícil liquidar ese pago a tres meses de iniciado el ciclo, pues se han ido acumulando las mensualidades, a las niñas y niños le han dicho que si “sus papis no pagan” mejor que ni se conecten porque no los admitirán en la sesión en línea.
En el inicio del ciclo escolar las clases se retomaron por zoom, en el horario habitual de las clases presenciales y ha sido poco práctico, difícil de conjugar con el trabajo o las actividades de la mayoría de quienes cuidan a las niñas y niños: madres, abuelas, tías, hermanos mayores. Nos conectamos de 9 a 11 y luego de 12 a 1:30 todos los días. Para todos ha sido difícil, y poco a poco se han ido desconectando varios estudiantes, de un grupo de 19 ahora solo siguen 9, Alfonso y yo nos preguntamos dónde están.
He notado tensión por varios lados durante las clases, veo a la maestra muy pendiente de entregar y organizar evidencias, de cumplir con lo que dice el programa de la escuela y de resolver las dudas de todos, más de las personas que acompañamos que de sus estudiantes. De vez en cuando, también los micrófonos abiertos por descuido, dejan escapar un grito, un “pon atención, hazlo bien” de algún adulto irritado. Otras veces, es la cámara la que muestra a un niño triste o aburrido que está solo o que no sabe dónde está su libreta. Yo contemplo a Alfonso, y me parece que no es justo que estén dos horas sentados frente a una pantalla, tiene cinco años y su cuerpo es una explosión, pero hay una voz que del otro lado de la pantalla le pide que esté atento, que deje de moverse y copie la fecha, y aunque no esté de acuerdo debo hacer que eso se cumpla o también me toca regaño.
Yo no sé qué hacer porque cada vez hay más planas, más repeticiones, más evaluaciones, un dictado, una suma escrita… y no logro entender cómo un niño de cinco años pueda hacer eso ¿Cuál es el afán por hacer que aprendan todo de una vez? ¿Por qué insisten en que deben aprender a leer y escribir, a sumar y restar en el kínder, ahora? A veces he sentido frustración y cansancio por todo eso, y me dan ganas de apagar la computadora, cerrar las libretas y olvidarme de la escuela… pero hasta ahora no me he atrevido. Pienso en todos los compañeros de Alfonso que han dejado las clases sin explicación, y me imagino que tal vez son otros cuidadores que también se han cansado, que igual que yo no saben qué hacer ni cómo hacerle, que se nos ha agotado la paciencia escribiendo una suma o que nos hemos quedado sin luz o internet por no poder pagar la factura a tiempo.
Ojalá sucediera una revelación mística en la que todos los que participamos en el trabajo educativo, que maestras, maestros y acompañantes de las niñas y niños nos diéramos cuenta de que ninguna plana merece gritos ni lágrimas; que juntos podemos hacer otra educación, una donde no haya regaños ni sanciones. Una que reconozca que estamos viviendo, sobreviviendo, a una pandemia y que niñas y niños necesitan ser más respetados que cualquier plan o programa educativo.
Ojalá que en el regreso a clases Alfonso juegue en la resbaladilla con sus amigos, que recuerde el nombre de todos y sobre todo que no falte ninguno.
Puebla, México. Noviembre de 2020
Texto presentado en el “Coloquio Internacional Educación y Pandemia” organizado por el Movimiento por una Educación Popular y Alternativa (MEPA) el 5 de diciembre de 2020 en el que participaron niñas, niños, madres y padres de familia, investigadores, profesores y directores de diversas modalidades escolares (públicas y privadas; rurales, urbanas e indígenas; con migrantes y no escolarizadas) de México, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, España, Francia e Italia.
