Hacia la esencia del saber: La experiencia hermenéutica

No cabe duda de que la hermenéutica –derivada del griego hermenèuein, que significa “expresar”, “interpretar”– en tanto teoría o arte de la interpretación ha recorrido un largo camino desde sus inicios cuando apenas se la consideraba como modelo de la hermenéutica bíblica o literaria o, incluso, cuando se supeditaba a teorizar sobre los códigos o textos escritos de la jurisprudencia o de la crítica literaria, hasta lograr alcanzar la esfera ontológica para referirse a una toma de posición precisa acerca del problema de la verdad, por ejemplo, o sobre el problema del ser y de la forma de comprensión que se podría conseguir del mismo. Pero, de todo este escueto devenir ¿cómo podríamos entender la interpretación y, sobre todo, de qué manera podríamos entender la experiencia hermenéutica hoy? Responder estas cuestiones será capital si queremos encaminarnos en el difícil camino del saber; sin embargo, no por timidez sino por espacio, tendré que limitarme a realizar un apretado esbozo de aquellos puntales que nos permitan emprender esta tarea. Para una cultura como la nuestra, la escritura guarda una importancia que no solo se limita al campo de las humanidades, sino también en disciplinas –metodológicamente antagónicas– como las matemáticas, la biología o las telecomunicaciones, por ejemplo. Sin embargo, si por un momento nos situamos en el sustrato del lenguaje nos daremos cuenta de que, en virtud de éste, el modelo de interpretación de los textos se aplica perfectamente a la comprensión del ser en general debido a que está relacionado, de una u otra forma, con el mundo humano. Es más, tal y como los padres de la hermenéutica contemporánea (Dilthey, Heidegger, Gadamer) han hecho ver, en una experiencia elemental, asuntos como el ser, las cosas y nosotros mismos son cruciales al momento de entender el sentido de los innumerables productos que, con tantos azares, ha constituido el mundo humano a través de sus libros, discursos, obras de arte, monumentos, instituciones y costumbres, mitos, memorias, cuentos, repertorios históricos, arqueológicos, musicales, entre otros, por ejemplo. Pero, entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos del ser, de las cosas y de nosotros mismos? Concretamente, primero, estamos hablando de realidades históricamente determinadas; es decir, de entidades que se desarrollan, mutan y se acaban. Cada uno de nosotros, por ejemplo, no pensamos en una realidad estable y definida, sino en una especie de esquema autobiográfico; o sea, de lo que hemos podido ser hasta el punto en que lo pensamos y, también, en lo que proyectamos ser. Pero, aunado a lo anterior, también estamos hablando de aquellas cosas que hemos referido o podido narrar a través de palabras que hemos heredado, como aquellos mitos que nos han sido transmitidos y en los cuales podemos creer o no, pero que ineludiblemente pertenecen, muy íntimamente, a nuestra visión de la realidad, fundamentándola en gran medida. Hasta comienzos del siglo pasado, por ejemplo, se creía que la geometría euclidiana reflejaba el verdadero ser de las cosas, pero actualmente el sistema ptolemaico y la geometría euclidiana solo se toman como naturaleza mítica, narrativa capaz de alimentar las más afiebradas tonalidades del canto poético esotérico. Ahora bien, cuando intentamos comprender la realidad o designamos a algo, estamos refiriéndonos, precisamente, a todo ese caudal de origen y destino, de tradiciones, narraciones y presagios que siempre es dinámico, dialogante y mutable. Sin embargo, ¿cómo se explica o, mejor, se entiende la interpretación o interrogación sobre el ser? Para entender esto es necesario considerar que, desde el punto de vista que sostiene la hermenéutica, nosotros nos encontramos ya inmersos en un flujo de lenguaje. Es decir, en la experiencia, nosotros nunca nos encontramos con las cosas de una manera inmediata, pues, siempre ponemos en marcha un cierto número de informaciones preliminares o prejuicios sobre las cosas debido, esencialmente, a que tenemos un lenguaje, el cual, de hecho, nos determina, pre-orienta o “advierte” nuestro juicio sobre la realidad. Precisamente, Heidegger, al inicio de Ser y tiempo (1977), nos dice que desea ocuparse del problema del ser, problema de carácter general, vasto y originario. Pero si nos fijamos bien, nos daremos cuenta de que, en cierta medida, ya sabemos algo de lo que es el ser; es decir, tenemos una cierta comprensión, según Heidegger, aunque sea “media y vaga”. Pues bien, esta experiencia nos sucede con todo. Es un fenómeno que se manifiesta en cualquier asunto por banal que nos parezca: el teclado del computador cuando estoy escribiendo esto, el ruido de la motocicleta que pasa, la algazara de los narradores que transmiten el giro de Italia…, en fin, todo ese flujo de la cotidianidad, complejo, narrativamente articulado me sucede, pero, con eso y todo, nunca siento un “puro ruido” desconectado o aislado. Esta idea, de que ya sabemos lo que queremos conocer, en el pensamiento antiguo formaba la base del conocimiento, era la anamnesis de Platón que, en gran medida, constituía la forma de negar escépticamente el sentido del conocimiento. Ahora, a través de la reinterpretación ontológica y lingüística de esta tesis que nos presenta la hermenéutica, podemos tener otra perspectiva muy rica y valiosa, a saber, que el ser-lenguaje, en el que somos junto con las cosas, nos da cuenta de la manera en que nos encontramos situados debido a los condicionamientos de índole lingüístico-cultural. Es decir, tenemos una “precomprensión” de todo lo que nos rodea y somos, lo cual anticipa nuestro conocimiento del mundo, por lo que no sólo nos exige poner en suspenso o en duda la idea de un conocimiento “objetivo” de las cosas, sino que, además, nos habilita para conocer la realidad, en el sentido de que nos induce a la misma. Ahora bien, nosotros comprendemos las cosas que ya conocemos. De acuerdo con el punto de vista hermenéutico, hay una “circularidad” natural en toda comprensión, y es un movimiento necesario que oscila entre lo incomprendido y lo comprendido. Por ejemplo, según Heidegger, en su magnífico texto: Caminos del bosque (2010), cuando me pregunto qué es una obra de arte, es necesario, para responder, saber qué es el arte, pero ¿cómo puedo saber qué es el arte si no reconozco las obras? Pues bien, esta circularidad, que antaño constituía una limitación para el pensamiento en la tradicional visión clásica, desde el horizonte de la hermenéutica se convierte en algo positivo, en una oportunidad por medio de la cual, según Heidegger, “se encuentra toda la fiesta del pensamiento y su fuerza” (2010). O sea, este círculo es una posibilidad positiva del comprender que se contrapone a la lógica del conocimiento tradicional donde, según Heidegger, el círculo es siempre un círculo vicioso (1977, p. 203), donde, además, el conocimiento científico postula que no se puede “comenzar con la presuposición de lo que se pretende demostrar”; pero, ignorar ese círculo significa “entender erróneamente, en todos los sentidos, la comprensión” (1977, p. 201); por lo que la interpretación que nos da no puede ser una verdad última, definitiva, objetiva e imperecedera, sino que es el desarrollo de las expectativas, pretensiones, precogniciones o esperanzas que siempre tenemos sobre la cosa, en el encuentro con la misma cosa (Heidegger, 1977, p. 198). De lo anterior se desprende lo siguiente: que la hermenéutica no intenta o, mejor, no se interesa en describir objetivamente el ser o, incluso, el lenguaje, sino que busca interpretarlo; o sea, se limita a pintarnos una imagen indefectiblemente “incompleta”. Y esto por dos razones; primero, porque el ser es lenguaje-tiempo – es plural, se alimenta y fluidifica a través de los variopintos mitos, narraciones, interpretaciones –; y, segundo, porque nosotros mismos, en tanto intérpretes, estamos implicados y envueltos en la marejada del ser, del cual intentamos dar cuenta en la mar de cuestiones que se nos presentan. Antes de cerrar –de manera abrupta– esta escueta reflexión, debemos decir algo más: la voz del ser solo se deja oír en su único medio que le es connatural: el lenguaje, pues, éste “es la casa del ser. En la morada que ofrece el lenguaje habita el hombre” (Heidegger, 2000, p. 79). Y esto es muy importante porque es la idea que constituye a toda la hermenéutica contemporánea y que Gadamer radicalizará de manera muy especial al afirmar que la precomprensión la podemos identificar con la misma “familiaridad” que tenemos con los “nombres” de las cosas; o sea, solo comprendemos las cosas en la medida en que nos “adentramos” en el lenguaje, pues, únicamente dentro del lenguaje todas las cosas se nos muestran como tales, como “cosas”.

Bibliografía

Heidegger, M. (2010). Caminos del bosque. Madrid: Alianza Editorial.

___________. (2000). Carta sobre el humanismo. Madrid: Alianza Editorial.

___________. (1977). Sein und Zeit, GA 2, ed. Friedrich-Wilhelm von Hermann.

Frankfurt, V. Klostermann. (1968), El ser y el tiempo, 3º ed. trad. José Gaos. México: F.C.E.

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