El mejor modo de vida

Su trabajo no vale ni más ni menos que el tuyo. Todas las profesiones son dignas y ninguna es mejor que otra. Hemos seguramente escuchado estas frases cuando alguien pretende que aquello que hace es mejor que lo que otros hacen; que su manera de vivir es más adecuada o más deseable. 

Ciertamente es así. ¿Por qué un ingeniero tendría que ser mejor que un carnicero, o un profesor de matemáticas mejor que un campesino? ¿Mejor en qué sentido? ¿Pero no consideramos que un médico es más honorable que un banquero? ¿No es cierto que distinguimos entre modos de vida que son más justos y valiosos que otros; por ejemplo, aquel que vive para los demás frente a aquel que vive solo para sí mismo o su propio placer?

Estas distinciones han ido perdiendo su importancia desde hace cientos de años en pos de la igualdad y el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano. Independientemente de qué hagamos, parece, todos somos lo mismo y, en el fondo, también valemos lo mismo. Para poder entender la pregunta que deseo aquí plantear es necesario retroceder en el tiempo.

La filosofía antigua (pensadores como Sócrates o Platón) fue la primera en hacer de una pregunta el motor de su pensar y actuar: ¿cuál es el mejor modo de vida? Hay quienes buscan la riqueza por los placeres que trae consigo; quienes buscan más bien la fama y el honor, los cuales no necesariamente son producto de la riqueza sino de acciones nobles: ser un gran guerrero o un gran político. Hay quienes emprenden todo tipo de trabajos por mor de la justicia, es decir, aquellos que consideran que la vida justa es la mejor vida, ya sea que traiga consigo honores y placeres o, por el contrario, desdichas y sufrimientos. El mundo antiguo no tenía reparos en afirmar que un tipo de vida era mejor, más noble, más justo o más bello que otro.

Pues bien, los filósofos también afirmaron tener un propio modo de vida que se distinguía radicalmente de todos los demás. Ese modo de vida está estrechamente ligado con su cuestionamiento del modo de vida de las distintas clases de ciudadanos; se daban cuenta, en pocas palabras, que quienes buscaban el mero placer no podían explicar por qué hay ocasiones en que es mejor sufrir por lo justo. Quienes buscaban la fama y los honores tampoco podían explicar por qué muchos hombres famosos en realidad vivían infelices y angustiados por los crímenes que los condujeron al honor. Finalmente, descubrieron los filósofos que incluso aquellos que decían vivir por y para la justicia no sabían a ciencia cierta qué era la justicia. En este cuestionamiento los filósofos dieron con su propio modo de vida. Se trataba de una vida dedicada al conocimiento de la naturaleza propia de las cosas humanas y no humanas. El modo de vida filosófico se iluminó como aquel de la incesante búsqueda, del incansable intento de descubrir cuál o cuáles son los órdenes del mundo, cuál es la verdad del ser humano. En las famosas y muy antiguas palabras de Sócrates: solo el filósofo sabe sobre su ignorancia, mientras el resto de los seres humanos cree saber; la oposición entre el saber del no-saber y el no-saber del saber se erigió por vez primera.

El “trabajo” o la “profesión” del filósofo apareció así, desde la Antigua Grecia, como un modo de vida extrañísimo, pues no era propiamente un trabajo y, sin embargo, afirmaba de sí ser no menos que el mejor modo de vida o la más alta posibilidad de existencia del ser humano. Los filósofos antiguos –griegos, romanos, incluso musulmanes, judíos o cristianos– afirmaron ser los hombres más felices y dichosos, los más justos y los que poseían el mejor modo de vida. No es extraño pues que hasta el día de hoy la “profesión” de filósofo sea escandalosa entre nuestros familiares, amigos o conciudadanos.

¿Pero cómo saben propiamente los filósofos que el suyo es el mejor modo de vida? Lo saben, en principio, porque buscan. No es que sean los únicos despiertos frente a un mundo de dormidos, sino que son los únicos en vigilia, en un mundo entre la certeza y la incertidumbre; son los únicos cuya carencia de respuestas se encarna en respuesta.

Concedamos la idea clásica del filósofo tan solo para ponerla en un aprieto. ¿Hay algún otro modo de vida que sea superior al de la filosofía? Hemos ya mencionado a quienes buscan el placer, la gloria, la fama, la justicia o incluso el arte. Ninguno de estos, parece, pueden desmentir la vida filosófica, pues para ello tendrían que decir: ¿Por qué buscas el bien?, ¡aquí está! ¿Por qué buscas la justicia?, ¡esto es lo justo! ¿Por qué buscas el origen del todo?, ¡he ahí el Big Bang!

La filosofía enfrentó ya en cierto modo a su mortal enemigo en la Antigüedad, pero no con la intensidad con la que habría de encararlo en la llamada Edad Media. Si acaso hay un modo de vida superior a la filosofía, ese tendría que ser el de la vida religiosa o la vida inspirada, guiada y obediente de la revelación bíblica. Este es un problema que ha sido prácticamente olvidado debido a la secularización social en la que tanto se empeñó la filosofía moderna. Pero lo cierto es que para que la vida filosófica pueda justificarse a sí misma genuinamente debe enfrentarse a la posibilidad de la revelación y de una vida ordenada en todo sentido por la religión. Durante algunos siglos esta tensión recibió el nombre de la querella entre razón y revelación.

El hombre podrá creer saber qué es lo justo, pero la justicia última está en manos de Dios y es inescrutable. Podrá creer saber cuáles son los órdenes naturales, pero estos son contingentes frente a la posibilidad del milagro. La verdad propia del ser humano y la verdad sobre la totalidad de las cosas es incognoscible para nosotros sin la asistencia de Dios. ¿Cuál es el adjetivo más apropiado para el filósofo a ojos de la religión revelada? Soberbio. Pero su soberbia es peor aún que la del científico moderno, pues este al menos cree que sus investigaciones son demostración de la inexistencia de un orden divino. El filósofo, en cambio, ¿qué conoce “a ciencia cierta”? La vida religiosa no es movida ni por un presunto conocimiento ni por una infatigable búsqueda; es movida por la fe que, de tomarse en serio, implica ordenar nuestro modo de vida según los mandamientos e indicaciones bíblicos. ¿Cómo podría demostrar la filosofía que su modo de vida es mejor que el religioso; cómo podría contradecir que, quizás, la búsqueda de la verdad no es la vida más dichosa y buena, sino, por el contrario, la más fatua e infértil? ¿Cómo muestra el filósofo que su vida no es un grave error frente a la posibilidad de la Divina Providencia? Si la filosofía no tiene razones para justificar su modo de vida, ¿no se acercaría irremediablemente a la fe o a la ciega decisión? Una vida de conocimiento –como pretende ser la filosofía– basada en la fe es una contradicción destructiva.

Al menos en nuestras latitudes, la religión revelada fue relegada a una esfera privada e inerme. Pues las pretensiones de la fe no solo ordenaban el modo de vida personal, sino el político o social. En esta transformación política la filosofía ganó el no ser más interpelada por un modo de vida que podría ser superior al suyo; se deshizo, por decirlo así, de un gran enemigo. Pero con ello también perdió a una de las grandes figuras que la interpelara desde sus bases. La posibilidad de la religión revelada demanda que el modo de vida filosófico dé cuenta de sí mismo, y cualquier filósofo que se digne de serlo tendría que enfrentar el cuestionamiento con todas sus fuerzas. A este problema se le ha llamado desde distintas perspectivas el “problema teológico-político”.

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